Me despertaron sus gritos. —¡Eliminaron a los naranjas! — repetía insistentemente. —¿Qué diablos se está quemando? Preguntaba yo mientras abría puertas y ventanas en medio de la tos y las lágrimas que el humo me arrancaba.

—¡Mierda! Se quemó de nuevo la olla del aguapanela. No te preocupes, —dijo, sin dejar de mirar el programa, vaciando una libra de sal en el fondo oscuro de la olla.

Ella se distraía viendo todas las noches un reality de TV llamado “Desafío siglo XXI”. Los que yo disfruté fueron los programas de los ochenta, Pacheco y El gordo Benjumea animaban “Savariedades”. El ambiente lleno de humo y olores me regresaba cincuenta años en el tiempo, me hacía pensar en la cocina de la abuela que no necesitaba energía para funcionar.

"El humo de leña preservaba la carne sin dañarla y evitaba que la atacaran los gatos o las ratas. Así se reemplazaba la nevera."

La recuerdo mirando al corredor por la ventana, detrás de ella, una columna de humo, vigas de guadua sosteniendo el techo, ennegrecidas por el hollín. Era un fogón de leña con cuatro troneras que vomitaban llamas, gases y pavesas.

Todo esto lo cambió la Esso candela; una estufa a petróleo traída a mediados de 1950 por Esso Colombia para suplir la falta de energía eléctrica. La mañana en que llegó, la casa estaba soleada. El tío llegó abrazando una caja de cartón que tenía en uno de sus lados, en tinta roja, una imagen de la estufa.

La abuela estaba radiante; la estufa le parecía lo más bonito que tenía en su casa. Le había costado una arroba de café de trilla. La compró en la cooperativa de caficultores. Eran los años setenta y tener un fogón de esos daba estatus.

El tío leía una y otra vez el catálogo. Trataba de instalarlas sin éxito hasta que su cara se fue enrojeciendo de la ira. Con timidez, le dije que si me daba monedas, le armaba la estufa. Él me dijo que si no había podido él, que era el más estudiado de la familia, yo tampoco.

Ellos no sabían que “Pintuco” me había enseñado. A mis doce años ya sabía poner un poco de petróleo en el tanque, mojar las mechas y engancharlas. Las puse todas de la misma manera. La abuela, asombrada, subió y bajó la palanca para aumentar la llama.

Esa noche ella fritó en la nueva estufa la carne curada y las tajadas de maduro. Con la llegada de la Esso Candela se consumía menos leña. Pronto llegó la electricidad y el gas propano, dejando a la Esso Candela sin uso y como testigo mudo de la evolución tecnológica en la cocina.

Wilmar Aristizabal escribe bajo el seudónimo de Wavasalda. Vive en Dos Quebradas, Risaralda y participa en el taller de forma virtual. Su relato rescata la memoria sensorial de una tecnología que transformó el hogar campesino colombiano.