“Telecom une a Colombia” era el eslogan de la empresa colombiana de telecomunicaciones creada en mil novecientos cincuenta y seis en el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla. Su propósito fue integrar bajo una sola entidad la prestación de los servicios de telefonía de larga distancia nacional e internacional.

Esta empresa tuvo a su cargo la instalación y el funcionamiento de los teléfonos públicos, además de la telefonía privada. De los años sesenta a ochenta fueron instaladas cabinas públicas en pueblos y ciudades que se convirtieron en el único medio para llamar a larga distancia e incluso al exterior.

I. EL APARATO

En un principio los teléfonos de disco para los hogares fueron de color negro. Eran cuadrados, y el cable que conectaba el auricular al aparato estaba forrado en poliéster; la rueda o disco se ubicaba en la parte superior, tenía diez huecos donde se encontraban los números. Después del cero, había una barrita metálica haciendo las veces de soporte.

Se movía en el mismo sentido de las manecillas del reloj, también se podía utilizar para meterle un candado que no dejaba circular el disco, por lo tanto, se creía que disminuía el consumo, pero no era así porque con los botones donde reposaba la bocina cumplía la misma labor.

  • Los teléfonos públicos de disco estaban dentro de unas cabinas hechas de materiales resistentes. El teléfono era rectangular y grande, con alcancía para las monedas.
  • El disco estaba en el centro, era metálico y se encontraba metido dentro de una estructura metálica con una ranura para la moneda.
  • Debajo del disco, a la derecha, tenía un hueco rectangular con tapita movible, donde caía la moneda cuando no se podía lograr la comunicación.
  • Cuando estaba lleno no era posible utilizar el servicio.
II. LA FILA Y LA CRÓNICA

Tocaba hacer fila para esperar el turno y poder llamar por lo cual aunque no se quisiera en ocasiones nos íbamos enterando de situaciones particulares como cuando alguien llamaba y decía: "¿Por favor está Martín?", se quedaba callada unos instantes y luego se escuchaba: “Hola mi amor siempre nos vamos a encontrar a las seis en la cafetería de la veintidós”.

"En este barrio existían tres teléfonos, quedaban retirados uno del otro, así es que muchas veces para realizar las llamadas los habitantes se unían en grupo, lo que se convertía en un verdadero motivo de encuentro de vecinos."

Le tocaba el turno a la señora Rosa, mi vecina de casa, quien era de baja estatura, tenía sesenta años, de mirada fuerte y ácida, vestida con falda de flores, blusa roja en lana y zapatos anchos de amarrar. Al cuello llevaba un bolso de cuerda larga de donde iba sacando cada tres minutos la moneda para alimentar el teléfono.

Pasaron dieciocho minutos y la señora no terminaba su llamada, por lo cual nos fuimos impacientando. De la parte de atrás apareció alguien que se fue a reclamarle: “¡Suéltelo que eso no da leche!”, gritó. Rosa le lanzó una mirada explosiva. El ambiente se tensó, hubo tirones de pelo y hasta una navaja apareció en escena.

Para usar este teléfono se usaban monedas de diferentes denominaciones: diez, veinte, cincuenta centavos y un peso. Esto fue cambiando a medida que avanzaba el tiempo; para los años noventa aparecieron los teléfonos de botones con pantalla y se fue popularizando el uso de tarjetas.

Sobre la autora

Relato escrito por Gloria Rodríguez bajo el seudónimo Orquídea Azul. Residente en Bogotá, sus crónicas rescatan la memoria colectiva de los barrios bogotanos y las costumbres que definieron una época antes de la llegada de la era digital.