El Adminículo

Escrito por:

Lina Lozano

Lo recibí en mi casa, lo trajo un mensajero muy apuesto. Lo tomé en mis manos y noté que venía empacado en una bolsa de plástico envuelta con otro papel, parecía un empaque discreto; estaba acompañado de un documento con los datos de la entrega y de una factura ya pagada.

Mientras adivinaba su forma y contornos sin abrir el empaque, me quedé pensando en las peripecias que tuve que atravesar para obtener un artilugio como este. Empecé con el análisis de la persona indicada, apareció en el lugar menos adecuado, pero más oportuno, y me guió paso a paso en su busca, contándome todos los detalles que debía saber, meses más tarde cuando supe que era el momento, di el paso.

Salí de mis elucubraciones, y me dispuse a dejar todo organizado. Celular apagado, actividades al día, un baño tibio y untar gel de canela y café por mi cuerpo, mientras me mataba la ansiedad.
Concentrada y tomando un trago dulce, me dispuse a abrir el paquete y a escribir. Comencé a familiarizarme con el adminículo, ese elemento que me llevaría a relatar el éxtasis de un buen final. Estaba hecho de plástico, con una punta delgada que aumentaba de tamaño desde abajo hacia arriba y, al final, una mina redonda de un material curioso, pero común y suave al tacto. Supe cómo funcionaba el instrumento cuando lo exploré por segunda vez, y empecé a escribir como todo buen escritor lo hace , leyendo.

Me acosté en la cama para mayor comodidad, y como si fuese braille la escritura, con mis manos, leí el papiro con delicadeza, explorando poco a poco esos lugares conocidos pero esos otros no conquistados del papel, donde había que dedicar más tiempo a estudiar cuáles eran los puntos, los signos, los símbolos, y las letras que mejor quedaban allí plasmados. También supe que había lugares donde todo se contaba en pocas palabras, los exploré al final y con una actitud pasmosa que me alteró a mí misma.

Le pedí paciencia a mis manos y calma a mi ansiosa necesidad de llegar al final, y le di carta abierta a mis pensamientos, para recrear los personajes y escenarios de ese relato, lo fuimos creando juntos. Dibujé con mis dedos los contornos y con su ayuda terminé los trazos, inseguros al inicio, pero marcados al final. Mi conocimiento de otros relatos me bloqueaba y no me permitía hilar las ideas y escribir un cuento nuevo, pero luego, la imaginación, mis manos de lectora experta y la tinta   de esa escritura sagrada fueron marcando el ritmo.

Ese papiro estaba lleno de muchos espacios en blanco, territorios no conquistados en los que nada estaba escrito, de muchos lugares fantásticos donde puse letras que quedaron increíbles Y también abandoné letras que no se adecuaban al lenguaje que quería utilizar en mi relato. Ya sabiendo todo lo que el papiro me ofrecía y donde iba cada letra, cada signo y cada símbolo. Entre vocales y letras, letras y vocales, consonantes y sílabas vibré con las palabras y puse el punto final a una historia  escrita en mi piel.

El adminículo

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