Crónicas de Vida
Escrito por:
Gloria Rodríguez – ORQUÍDEA AZUL
Leído por Ángela María Estrada
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Cuando Marcela llegó al internado a la edad de tres años, era una niña retraída,
solitaria. Le gustaba buscar lugares apartados donde solo se escuchaba el ruido del
silencio, pero como no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, al
cumplir seis, ya se había familiarizado totalmente con el entorno y el espacio. Cuando
sintió confianza se fue acercando a sus compañeras, a los profesores y a
las monjas.
Le gustaba pasar tiempo montando en columpio y aunque una vez se cayó y tuvo
muchas raspaduras, nunca dejó de hacerlo. Al estar en el piso llorando a gritos,
llegaron varias de las compañeras a socorrerla, entre el grupo se destacaba Isabel
de once años, quien era alta para su edad, delgada, de ojos negros grandes, tenía
una mirada tierna, su pelo largo negro, siempre se hacía trenzas que remataba con
cintas de colores. Ella la alzó, le secó las lágrimas, le regaló una colombina roja con
sabor a fresa y la invitó a jugar con las demás niñas. Desde ese día, Isabel se
convirtió en su protectora.
Como Isabel era mayor y ya estaba más adelantada en los estudios;
Marcela apenas comenzaba los grados de primaria, a ella ya le faltaba poco para
terminarla. Isabel se hizo cargo, siempre estaba pendiente de levantarla cuando la
persona de vigilancia diera la señal. La bañaba, a veces había que hacerlo con agua
fría porque alguien llegaba de primeras al baño único donde caía agua caliente. La
vestía con rapidez, pues tenían que estar listas y dispuestas a las siete de la
mañana para entrar a la capilla a la santa misa. Luego el desayuno y después a las
clases del día.
Así fue transcurriendo la vida para ambas, hasta que una tarde de octubre fría, pero
con un cielo intensamente azul, ya habiendo cumplido Marcela sus nueve años,
mientras las compañeras jugaban animadas, ellas se sentaron en un prado cerca del
ángel y, entonces, Isabel le contó a Marcela muchas cosas de su vida.
Yo soy de Filandia Quindío. No conocí a mis padres porque me regalaron a una
señora que era de otro pueblo y que de vez en cuando pasaba por allí. Al principio la
señora me llevó a su casa, me quería, pero al notar mi enfermedad de los ojos,
prefirió hacer el viaje a Bogotá y dejarme en esta casa porque decía que era mi
mejor lugar, por eso estoy aquí desde los dos años. Aquí me he sentido bien,
aunque cuando me regañan me da rabia y siento el deseo de irme. Marcela la
escuchaba con atención y le preguntó: — ¿Por qué no te querían ni tu papá ni tu
mamá?
—Isabel, no sé, pero bueno. —Yo te quiero contar cuándo reparé en vos, el día que
vos estabas llorando porque te caíste del columpio, vos me pareciste tan indefensa
que por eso me acerqué a donde vos estabas, y desde el principio sentí cariño.
Y— ¿hasta cuándo vamos a estar juntas? ¿Para siempre?— dijo Marcela.
Terminada la conversación nos fuimos a jugar.
Siguieron pasando los días y llegó el momento en que Isabel se ausentaba en las
mañanas, pues, siguió otra etapa en su vida porque comenzó sus estudios
secundarios, pero igual vivía en la casa del internado, nos encontrábamos en las
tardes, siguió contando Marcela. Al llegar, me traía cosas deliciosas: pasteles,
rosquitas de ques . Me ayudaba con las tareas y como ya sabía leer bien con las
yemas de los dedos, también me leía cuentos. Además, me contaba lo que iba
aprendiendo en el colegio.
Al terminar la secundaria, Isabel se fue a vivir en unas residencias femeninas donde
su horario era: levantarse a las cinco, arreglarse, comer un desayuno corto, tomar el
transporte que la conducía a la universidad donde su jornada era algo larga. Volvía a
su hogar a las siete treinta pm.Desde el momento en que se conocieron se fue estrechando el vínculo cada día más, para Marcela, Isabel siempre fue especial.
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