CRÓNICA DE UN RECUERDO
Escrito por:
Gloria Rodríguez
Leído por Diana Martínez
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Yo tengo un arca donde conservo algunos recuerdos especiales.
Yo tengo una cobija del color de la nieve.
Yo tengo que cuidarla.
Yo tengo varias lunas enredadas en ella.
Yo tengo muchos arrullos guardados.
Yo tengo mil y una historias escondidas allí.
Después de unos años yo tengo todavía impregnado en mi ser el olor a
infancia.
Yo tengo que contarles que aunque han pasado los años, la cobija se conserva
muy bella.
Yo tengo que ponerla junto a mí cuando siento mucho frío.
Yo tengo que concluir que después de todo ha valido la pena vivir.
Vivía con su esposo y su niño de muy tierna edad en una casa acogedora situada
en uno de los barrios del sur de Bogotá.
Un sábado de julio de 1988, en horas de la mañana. Después de atravesar la ciudad,
llegué a visitarla en compañía de mi gato.
El gato era negro como la noche, y de ojos grandes y azules. La casa tenía
ventanales por los que entraba aire y claridad. Un patio rectangular, piso en
baldosín, paredes pintadas de blanco y un lavadero que constaba de tres partes.
Una de piedra en la que se restregaba la ropa, otra donde estaba el tanque del agua,
que mientras no se utilizara permanecía tapado con una tabla pesada para evitar
que Javier, el niño, que no alcanzaba a los dos años, sufriera un accidente y una
más en la que permanecían los baldes, los jabones.
Los encontramos limpiando la casa. Lucía había puesto ropa en jabón, mientras,
Nicolás, su esposo, preparaba el almuerzo . El pequeño Javier jugaba con azul, mi
gato, corriendo por toda la casa.
A la una de la tarde nos dispusimos a saborear el almuerzo con frutas, cazuela de
mariscos, una porción de pollo a la naranja, arroz blanco, una ensalada de varios
vegetales, y un postre de manzana. En todo esto, nos dieron las dos de la tarde.
Luego del almuerzo salimos de paseo Nicolás, Javier y azul al parque del barrio
mientras Lucía enjuagaba la ropa que estaba en las tinas. Nos divertimos mucho
corriendo, saltando y jugando Después de dos horas, volvimos afanados por Lucía
porque no aparecía. Entramos, la llamamos y no contestaba. Creímos que se había
quedado dormida. Empezamos a buscarla entre todos, pero, nada, nada. Por fin,
azul entró al patio, volvió emparamado, y comenzó a halar del pantalón a Nicolás
llevándolo hacia el patio.
Lucía estaba caída entre la alberca. Javier al ver a su mamá así quiso botarse. Como
no lo dejamos, empezaron el llanto y los gritos, mientras yo lo alzaba. El gato
empezó a maullar con fuerza. La tarde se fue oscureciendo tanto que casi no se
veía.
Se escuchaba débil el sonido del agua. Casi no había movimiento hasta que al fin
Nicolás reaccionó, estiró los brazos y como pudo rescató a Lucía, que ya estaba
temblando, casi morada de frío. La llamamos, pero no respondía. El niño se
abrazaba a ella atacado de miedo. Era tan poderoso que no podíamos hacer nada
para reanimarla, seguía como ida del mundo.
A Javier no lo podíamos calmar de ninguna manera. Azul se metió debajo de un
mueble de la cocina maullando mientras Nicolás luchaba para hacer que Lucía
reaccionara. Yo procuraba calmar al niño hasta que al fin Lucía volvió, abrió los
ojos, nos miró muy triste; se puso a llorar, todos la abrazamos, la consolamos.
Después tomamos una bebida bien caliente.
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