La noche
de los viernes

Escrito por:

Geovanny Ospina

Leído por José Fernando Ruíz

  Era el presidente de una prestigiosa empresa de elementos tecnológicos: La Pacific Tecnologic, pujante firma de la cual el ingeniero Luis Mario Peralta poseía un 78% del total de las acciones. Mientras se anudaba la corbata sin afanes, su mujer lo observaba desde la cama con la rigidez de las momias egipcias que conocieron en la ciudad de Luxor en el verano pasado.

Geraldine Villafuerte de Peralta,  yacía impasible con su rostro   debajo de una gruesa mascarilla de pepinos, que solo dejaba un resquicio por donde proyectar su vista al exterior de tan infranqueable fortaleza de cucurbitáceas.

        —  ¿Supiste que Alicia ingresó a cirugía en la tarde de ayer? -Preguntó la mujer, queriendo iniciar una conversación.

          De la hipocondriaca de tu hermana ya no me sorprende nada –Respondió sin mucho interés su marido.

 -Le acosaron los cólicos biliares. La intervinieron rápido.

 -Eso le enseñará a alimentarse mejor –sentenció el hombre, a la vez que le daba la espalda a la mujer, agachándose para darle una última limpiada a sus ya lustrosos zapatos.

-Debes comprender que Alicia permanece muy sola… -El hombre acomodaba su reloj en la muñeca izquierda, y con la otra mano hizo un gesto brusco dando por finalizado el tema.

Geraldine hubiera querido continuar con la charla familiar, pero se reprimió, su esposo tenía otras cosas por hacer.

   Su marido como todos los viernes se despedía, para luego darle un pequeño mordisco al pan francés y un sorbo a la tasa de café sin azúcar que sin falta le tenía servida en el comedor la empleada.   El señor daría un último repaso a su camisa de seda, revisando la caída de su saco de lana y la recta posición del pañuelo de bolsillo, emitiendo con satisfacción un veredicto para sí antes de salir. 

Los viernes la pareja de esposos seguía una programación regida por costumbres invariables. El señor Peralta tenía a primera hora reunión directiva; luego atendería a un par de importantes proveedores asiáticos, con los que esperaba finiquitar algunos contratos y, en las horas de la noche como era costumbre, iría a tomar un par de coñacs con Rodrigo, amigo y alto ejecutivo de la empresa. Bohemio y mujeriego, no desaprovechaba la oportunidad de acostarse con las esposas de colegas y empleados de la compañía; la última de su estadística había sido la mujer de Mesa el jefe de recursos humanos, no obstante, Rodrigo lo tomaba como gajes del oficio.

– ¿Cuándo vas a sentar cabeza Rodrigo? Deja de estar correteando todo lo que lleva faldas –Le reconvenía Luis Mario.

-Amigo mío, ya estoy muy mayorcito como para cambiar –contestó con sorna Rodrigo.

– ¿Acaso no te basta con Adela? Ella no ve sino por tus ojos –siguió argumentando el doctor Peralta.

-Adela sabe que ella es la primera, las otras son parte del ocio al que tiene derecho un trabajador incansable como yo. –soltó la carcajada, dando un golpecito en la espalda de su amigo.  

   Con Rodrigo solo estaría un par de horas, pues la noche de los viernes era sagrada y la dedicaría al club nocturno “Hetairas Show”.

Geraldine sabía que su marido se ausentaría hasta después de la madrugada, él nunca cenaba en casa este día. Por acuerdo el matrimonio aceptaba que los viernes después de caída la tarde pertenecía a cada quien; así es como ella organizaba plan con sus amigas, con las que cenaba, jugaban a las cartas y degustaban sus buenos gin-tonics, mientras tertuliaban acerca de los sucesos sociales más notorios de los últimos meses.

Una partida ganada por Rossi, una segunda por Ade, otras veces se imponía de manera consecutiva Marlen, quien bien recibía el mote de” la reina del solitario” , y claro también la anfitriona, Geraldine, ganaba algunas manos. Entre risas, charlas, pasabocas y bebidas transcurría el tiempo para las amigas. En los ecos de la noche fluía el alborozo que se complementaba por furtivos roces de las manos de Ade, que al  repartir las cartas buscaban las de Geraldine, repasando sus uñas sutilmente, para recibir por respuesta una mirada cómplice y un mínimo rubor en las mejillas que las demás no lograban apreciar.

Ya era habitual que, en las noches del quinto día de la semana, los clientes del club de ambiente, aguardaran expectantes la aparición en escenario de Madeleine, con su vestido de satín verde esmeralda, que se ajustaba al cuerpo finalizando en una abertura lateral. Sus zapatos blancos de tacón alto ornamentados con imitaciones de diamantes y correas de purpurina y hebillas plateadas; sus pulseras de murano que hacían juego con los pendientes y su exuberante y bermeja peluca, todo la hacía inconfundible.

Era un ave de cristal, brillaba de los pies a la cabeza, mostrándose como una copia barata de lo femenino.

Salió ante su público, ataviada con distinción como se esperaba, moviendo con gracia y provocación sus pestañas,largas y postizas  exhalando una fragancia de vainilla y pachulí, que se sobreponía  a la colonia maderosa masculina. Al instante recibió un ramillete de rosas de uno de sus más fervientes admiradores, un   hombre de vistoso mostacho, que la observaba fascinado. Su nombre era Edmundo Triana, normalmente no se perdía ninguna presentación de Madeleine, y según los datos de Domínguez, el señor Triana era reconocido en la ciudad  como el Zar de los mariscos. Agradeció la ofrenda mirando con calidez a todos sus espectadores de derecha a izquierda, viendose multiplicada en un sinnúmero de espejos localizados en el techo y las paredes del lugar; un humo espeso y dulzón se expandía mitigando los olores a cigarro, alcohol, perfumes y demás fluidos, realizó con pasión la fonomímica de “With out You”, representando a Mariah Carey, sintiéndose una vez más la diva del instante; pues sabía que tenían los ojos puestos en ella. no  hacía por dinero, y eso lo comprendía Domínguez, el propietario del club para adultos. El Dr. Peralta lo hacía por una satisfacción personal, una liberación interior que debía obtener, un desahogo y un bálsamo que recibía por tantas presiones laborales y emocionales.

No se tenía por homosexual; sin embargo,  vestirse de mujer, sentirse femenino por algunas horas, le producía un bienestar inexplicable. Reconocía la lascivia en el brillo de los ojos de sus fans, no le interesaba estar íntimamente con otro hombre; empero, se le había vuelto imprescindible frecuentar aquel lugar en el que actuaba cada ocho días. Sin duda, romper las reglas de lo moralmente correcto  fortalecía  su orgullo.

 -El escenario te ha quedado pequeño, te felicito Madeleine –Le habló con júbilo el administrador del sitio.

-Ya sabes Adolfo que me gusta esforzarme en lo que hago –respondió con voz de artista, mientras acercaba una silla junto a su interlocutor.

– ¿Cuéntame cómo va todo por tu casa, ¿qué hay de tu mujer?

-Mi casa bien. Mi relación con Geraldine a las mil maravillas, a nuestra manera funciona el matrimonio.

– ¿Y qué hay de tu vida, ¿cómo sigue tu esposa? –devolvió el interrogante con tono serio.

– No te lo voy a negar. Cristina es disciplinada con el tratamiento, pero el especialista no nos asegura nada sobre lo que viene en los próximos meses –contestó Adolfo, compartiendo una mirada honesta con Madeleine.  

Adolfo Domínguez reconocía en el señor Peralta esa necesidad de romper el molde, el requerimiento de liberar la personalidad que tenían sus clientes, era una especie de gurú o sicoterapeuta de la noche ¿Entonces por qué señalaría a los demás por sus actuaciones? Él entendía lo que les hacía falta a quienes lo buscaban en su establecimiento, simplemente colaboraba al llenar tales vacíos. Domínguez ya estaba curtido de mundo: comerció con electrodomésticos, tabaco y licores de contrabando en un archipiélago en la frontera con Nicaragua; al pernoctar en la ciudad fundó una pequeña pero exitosa casa de burlesque, y sin embargo debido a su inquieta manera de moverse en el universo de los negocios, terminó instaurando el   actual centro nocturno.

En una ocasión el doctor Peralta decidió alterar la programación habitual. Quiso regresar más temprano a casa, verse con su mujer y preparar algunos informes pendientes que le gustaría fueran incluidos en la reunión directiva del día de mañana. Aligeró sus tragos con Rodrigo, y tampoco extendió mucho su estadía en el club.

Se encaminó hacia su casa con cierta tranquilidad, tal vez le daría la sorpresa a su mujer al verlo, o a lo mejor Geraldine ya se encontraría dormida en la recámara. Disfrutó del aire nocturno, contemplando la luna que le brindaba serenidad enmarcada en el firmamento, . Llegó a su morada, incrustó la llave en la cerradura sin hacer mucho ruido.

Al ingresar al apartamento lo primero que vió  fueron los zapatos de tacón desperdigados por la alfombra, abrigos y pashminas sobre el sofá, y unas cuantas botellas de tequila y de ginebra vacías acompañadas de vasos sucios encima del comedor.

– ¡Mediana fiesta tuvieron las señoras! -musitó con desparpajo.

Deambuló por el pasillo para luego dirigirse a la habitación matrimonial. Solo bastó con abrir un poco la puerta para contemplar su lecho conyugal, sobre el cual, se hallaban extasiados dos cuerpos desnudos y sinuosos. Geraldine había evidenciado que al igual que su marido sabía divertirse los fines de semana, estaba junto a su amiga y amante, Adela, la esposa de Rodrigo, que ya no se aburría sola en casa.

  Nota: El relato avanza bien: hay un presente en el cual Peralta se arregla y se va, se describe su rutina y en un golpe de sorpresa descubrimos que Madelaine es Peralta. También se nos sugiere que la esposa tiene relaciones con una de sus amigas. Pero el relato cambia de tiempo y va a un antes indefinido. Nos cuenta sobre dominguez y el origan del club nocturno. Pero sigue en ese antes cuando comiemza “En una ocasión…” y entra en el acontecimiento final cuando Peralta descubre lo que hace su mujer cuando él no está.

LA NOCHE DE LOS VIERNES

Taller Literario – EN EL CUADERNO

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