Escrito por:
Geovanny Ospina
Leído por Ricardo Daza
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Eras en realidad una chica singular, Isa, con aquella manilla alusiva al equipo verde y popular que tanto me disgustaba, i esos desteñidos jeans que parecían inacabables, y que sete veían bien. Recuerdo nos reuníamos en la esquina de la tienda de Don Jaime usuras, lo llamábamos así por ser tacaño y ventajoso con sus clientes. Disfrutábamos de las charlas de los mismos temas de todos los días, entre burlas y opiniones llegaba la noche, para luego despedirnos apachurrando alguna lata de Coca cola que compartíamos en el grupo, y tirando las últimas colillas de los cigarros que lográbamos negociar con el tendero.
Ahora he aprendido aguardar esos momentos especiales, y apreciar a las muchachas como tú. He persistido en guardar en mi mente tus uñas pintadas de violeta, que mordías quizás por la ansiedad, esas imágenes que me traen el sonido de tu aflautada voz y ese tic tan tuyo, el parpadeo incesante de tus ojos, un aleteo de dos colibríes danzantes frente a los nardos. Reconocíamos que cantabas con buena entonación las baladas de Miriam Hernández y Laura Pausini, no había melosería, pues en verdad cantabas bien. Lo del parpadeo tampoco era razón para complejos, ya que los chicos del barrio lindante no escatimaban en chiflidos y piropos, aún estando tú entre nuestra gallada.
¿Quién llegó primero, tu o yo? Creo llegué primero a la barriada. Estoy seguro, fue en un mes de agosto, cuando los chiquillos de doña Rosa, vecina de toda la vida, se hallaban elevando sus cometas allá en el lote baldío que quedaba al lado de los billares de Toño mugre. Te observamos la primera vez, paseabas correa en mano un perro criollo de piel amarillenta que orinaba sin parar por varios metros mientras caminaban, nos saludaste con una media sonrisa.
En aquél momento
no pensaba que podía involucrarme contigo, la menor de los Moreno Gil, latierna, tranquila e introvertida hija de don Rubén. Me apegué de cierto modo a tu manera de contar los episodios de la telenovela de las diez, y a esa alegría desbordada a causade los discos compactos de rock en español que te regalara tu papá en tu cumpleaños 16: –
– “Alguien que cuide de mí, que quiera matarme, y se mate por mi” –Repetías el coro hasta la saciedad. Y confieso , me encantaba.
Tenías una forma dulce de decir las cosas, corregías las equivocaciones de los demás con respeto, y cuando alguna ocurrencia te causaba gracia, reías sin miramientos. Me confesaste con algo de vergüenza acerca del tic de tus ojos, blefaroespasmo crónico, así lo denominó el diagnóstico médico, incluso creo que lo originó el consumo de medicamentos contra la migraña que te dieron desde niña. Por esto te prohibieron el consumo de cafeína, y las bebidas colas que tanto te gustaban.
No sé si hoy, 32 años después me reconocerías. El corte hongo que lucía el adolescente de aquellos tiempos ha desaparecido, y he tenido que ampliar unas tallas mi pantalón. Tal vez no lo llegues a creer, pero dejé de fumar, y le bajé al consumo de la Coca cola, quizás por solidarizarme contigo.
Bonito ese día que dijiste que sí. Fueron dos citas las que me otorgaste, como olvidarlo si fueron las únicas.
Primero fue aquél sábado en la tarde que aceptaste ir conmigo al teatro Nápoles, estaba en cartelera Batman Forever, y casi no nos deshacemos del pesado del Orejas Patiño, estaba un tanto obsesionado por ti, y le hiciste saber que querías salir conmigo.
– ¿Crispetas saladas o dulces? –pregunté sintiéndome el dueño de la situación, a pesar que llevaba lo justo para comprar.
-Que sean dulces, y la gaseosa naranjada –respondiste con la alegría de una muchacha que iba por segunda vez a un cine.
Al final contento pedí las crispetas dulces, las hubiera preferido saladas, pero eso ia no importaba, pues tenía una cita con una chica. Me dejaste tomar tu mano durante casi toda la película, con eso me bastaba, y lo que menos atendí fueron las peripecias del hombre murciélago y como defendía la ciudad gótica de las fechorías del Acertijo y el Dos caras.
En la segunda cita, hicimos una caminata por las riberas de la quebrada La Víbora, la que recorre gran extensión del pueblo. Llevaste como invitado a Lucas, tu perro criollo y amarillento. Nos adentramos entre hierbas y matojos, para continuarla senda a ras de varios palos de cañahuate, observamos cuanta vida existía allí, y que fenómenos ambientales podíamos captar. Las aguas de la quebrada entraban en el área terrestre y cubría parte del camino, a veces se daban inundaciones que barrían la tierra firme y la engullían de un solo trago. Lucas se detuvo a olfatear, orinó sobre algo, que resultó ser un insecto palo que desesperado se limpiaba con sus frágiles patas.
Más adelante encontramos una especie de promontorio de tierra, al parecer borrascas los iban formando,subimos a lo que parecía un acantilado, tu cargaste a Lucas para que no se asustara, y divisamos desde allí como las aguas del caño discurrían veloces y grises, por encima de tierra y arena, festoneando las orillas de espuma. Se creaban burbujas que aparecían y luego se diluían, la corriente acarreaba a su paso los desechos cotidianos; ramas, plumas de garzas que anidaban en lo alto de los guaduales y hasta desperdicios humanos.
Estuvimos entretenidos con lo que veíamos, cuando un ruido inesperado nos sacó de aquella situación. Era una iguana de tamaño considerable, que al sentirnos, decidió ponerse en fuga. Casi sueltas a Lucas del susto.
-Creo que se está haciendo tarde, es hora de regresar –afirmaste Isabel, aseverando más el parpadeo algo nerviosa.
-Como quieras, volvamos a casa –Contesté com cara de bobalicón, mirándote fijamente.
Y nos besamos, tan solo unos segundos, que para mí fueron más que suficientes. El atardecer se hizo oscuro y encapotado.
Aquella salida por la ribera de la quebrada, constituyó el reconocernos como amigos, como algo más. No es que no halla disfrutado la cita en el cine, simplemente fue otra cosa. Ese día acercamos la brecha, pero existían la tensión y la ansiedad, que no nos dejaba ser nosotros mismos. La caminata fue algo más profundo, un reconocimiento de dos sentires y muchas sensaciones que difícilmente se desvanecerán.
En aquella época
el pueblo no lucía tan falto de brillo, y no se respiraba este aire de congoja tan marcado, las viviendas no presentaban en sus fachadas esas capas permanentes de polvo i desdén, parece que quisieran ocultar a los forasteros, todos los días de tedio y monotonía en losque se ven inmersos sus pobladores.
Pienso en doña Carmen Julia, barriendo sagradamente el andén de su casa, ¿recuerdas? Esa casita de una sola planta, color crema, de la que nos retiraban a escobazos e improperios, por no hacer caso en la menor brevedad. También quedaron imágenes de las fiestasen casa de los Quintero Aricapa, allí no se le negaba un trago de aguardiente a nadie, ni siquiera a quienes no habían sido invitados, el bullicio duraba hasta el amanecer, sin importar las quejas de los Medina,que vivían al lado, y argumentaban tener que madrugar al culto de las ocho.
Mi padre nos reunió alrededor de la mesa, nos informó que su contrato de trabajo en esta población había terminado. Ahora debíamos trasladarnos a otro lugar e iniciar de cero. La noticia me cayó como patada, y sé Isa que a los muchachos ni a ti les agradó dicho cambio.
Así ocurrió querida, fue doloroso cuando en esa tarde tocó una despedida veloz, nos trasladamos a otro pueblo, y solo pude expresar un adiós sin color, ni sabor, blandiendomi brazo por los segundos que duró el despegue del camión de acarreos, mientras ustedes apostados en la esquina del tenderete de Jaime usuras, solo atinaban a mirar con melancolía y algo de incomprensión.
Allí en Santa Rosa, les hablé de ustedes a la nueva tribu: comenté sobre la habilidad de Joaco para seguir los retos exagerados impuestos por orejas Patiño o por el zurdo Peláez; el record del panza Cárdenas al tragar masmelos, la seguidilla de gases lograda por Adalberto Ortíz, después de beberse un par de Fantas, i también de ti les hablé Isabel, de lo bonito que cantabas y el pésimo gusto que tenías para hinchar por un club de fútbol.
La economía mejoró, gracias a los nuevos empleos obtenidos por mis padres como funcionarios en la alcaldía de la localidad. Comencé estudios universitarios, y mi vida dio un vuelco, pasé de leer con ustedes las historietas de Condorito y Memín Pingüín, a profundizar en tratados de Marshall Mcluhan y su determinación tecnológica, y a solazarme con los complejos versos de Stephane Mallarme.
Ya no solo escuchaba a Cristina y Los subterráneos, Miguel Mateos o Los prisioneros, sino que con más confianza en el inglés, estudiado en algunos cursos, ya me entendí con las melodías de Aretha Franklin, Def Leppard y hasta Sinatra. Mis amigos de academia y ocio eran ahora Luis Moncada, Sebastián Pacheco, Daniel Arizmendi, y Paola Guerrero, entre otros jóvenescon los queintegraba un nuevo grupo de trabajo y ocio.
Un día en que estábamos en la playa, y disfrutando de algunos coctelitos, me acordé de la muchachada del barrio. Vertía bronceador en la espalda de Paola, con la que había iniciado un noviazgo, y divisé a lo lejos un pequeño grupo de jóvenes que se entretenían recogiendo conchas y piedrecitas multiformes en la arena, matando las horas, esas actividades en las que nos regocijábamos, cuando merodeábamos por las orillas de La Víbora.
Y el tiempo va cayendo sobre la memoria, y el pasado empieza a esfumarse por pedazos, pronto notas que se puede claudicar ante las zancadillas que te pone el destino, y observas que no todo lo vivido es para jactarse.
Repaso tantos libros leídos, partidos de fútbol observados, noches de rumba y mañanas de resaca; amistades, amoríos, angustias y festejos.
Por eso, al graduarme de comunicador social,no celebré con ustedes los amigos de antaño, sino que la festividad fue en una discoteca de moda, y junto a los nuevos compañeros de academia, destapando botellas de champaña y brandy a diestra y siniestra, rotulándonos con un título profesional, y dejando en el olvido las imágenes de calles polvorientas, el juego de las escondidas y los pies descalzos inmersos en el lodo de la quebrada del pueblo de nuestra vida juvenil.
He dejado de remendar cicatrices, y por eso he vuelto mi querida Isa. Me enteré del fallecimiento de Adalberto Ortíz, no pienses que fui insensible ante el evento fatuo, simplemente me encontraba por esos días tramitando mi divorcio con Paola. No lo había mencionado, pero ya llevaba 18 años de matrimonio con ella, después de los primeros diez años de unión, se cansó, confesó que el agobio la consumía, el laborar en la agencia y los roles de esposa y madre, la fueron minando, y hoy con cierta amargura tuve que aceptar que se fuera, cada dos meses me deja estar con la pequeña Isabela.
La vida tiene sus bemoles, no creas que todo ha sido frotar la lámpara y lo he conseguido. Es cierto que he podido hacerme un profesional, y obtuve un buen empleo, pues por las influencias del padre de Sebastián Pacheco, ingresé a la cadena radial del lorito, donde tengo un espacio en la edición de las noticias; además de una remuneración interesante, nos oyen i nos creen.
Sin embargo, la familia, el trabajo y los amigos no siempre llevan a la plenitud. Como juzgar la inconformidad de Paola después de varios años en pareja, cuando desde antes, yo me sentía incompleto. No basta con que te conviertas en el orgullo de tus padres, ni que vislumbres un status al contraer matrimonio con una chica de un nivel financiero mayor al tuyo. La vida a veces nos pide otras cosas, a las que no tenemos la capacidad de corresponder.
En el noticiero me han otorgado unas cortas vacaciones, y no lo pensé dos veces. Aprovechando que mi pequeña hija ha viajado con su madre a la costa, decidí retornar al pueblo, y aclarar ciertas dudas que me han surgido a través de los años.
Regreso, deseando desvelarte con tantos sucesos, y al menos por hoy volver a sentirme uno de ustedes. Justificándome al visitar la tumba de Adalberto, aunque en el fondo me moría por recorrer algunas calles, observar a lo lejos la quebrada, respirar el aire cargado por los limoncillos en la plaza, pararme en la esquina de la tienda de Jaime usuras, ilusionado imaginándolos allí relajados, y a ti sujetando a Lucas con la correa azul, y enterándome que el negocio ahora tiene otro propietario.
Por eso hace un momento he dejado las caminatas por el barrio, y he venido a esta cafetería, donde he reconocido tu sonrisa, y tu manilla verde, ahora contrastando con un pequeño tatuaje del escudo de tu amado equipo, que llevas en el dorso de la mano derecha. Y desde esta mesa, te observó fijamente, descubriendo la velada ingenuidad de tus ojos, mirando a un cliente cualquiera, y puedo notar que el parpadeo ya no es tan reiterado. Ante mi letargo, golpeas la mesa con una libreta donde esperas tomar nota del pedido.
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