Escrito por:
Geovanny Ospina
Leído por Ricardo Daza
Audio
Ingresó a la consulta psiquiátrica aquella mañana. Luego de haber saludado al
doctor, tomó asiento, mientras secaba algunas gotas de sudor que perlaban su
frente.
-Cuénteme Gregorio ¿qué lo trae por aquí? –le interpeló el terapeuta.
Antes de responder, el hombre miró hacia las paredes del recinto, situando su
vista un instante sobre los distintos diplomas que certificaban la capacidad del
profesional en el que depositaría la confianza de su caso. Luego reparó en el
especialista. Gregorio pensó que bordearía los 40 años si mucho, a pesar de la
alopecia que dominaba su cabeza. Sus ojos saltones le daban un aire bonachón y
al ponerse los lentes le parecía un intelectual de textos bíblicos. La blancura de su
delantal coincidía con la pulcritud de sus manos, que jugaban ansiosamente con
un bolígrafo en espera a dar inicio a la consulta.
titubeó tratando de exponer su situación.
-No se por donde empezar doctor –dijo el hombre, sin terminar de acomodarse
en la silla.
-Por el comienzo, cuenta todo y sin apuros.
Gregorio miró a los ojos de su interlocutor, y apretujando las manos dio inicio a lo
que tanto lo inquietaba.
Todo había comenzado hace poco tiempo. Dijo que intentaría explicar rápido,
transformando su rostro en un cúmulo de preocupaciones.
Relató que en la primera noche había soñado que era residente de una pequeña
población de Europa central. Allí vivía con su familia, que estaba integrada por su
esposa Lena, y dos hijos adolescentes, Jakub y Bartosz. La casa era de su
propiedad, era confortable y contaba con una huerta organizada. Gregorio
observaba al profesional que no se inmutaba, y siguió con el suceso,
dramatizando un tanto algunas de sus expresiones. Continuó diciendo
que se hallaba en el sillón más largo, y leía el periódico actualizándose de los
últimos ataques que venía recibiendo el país por parte de la Luftwaffe, y de como
empezaba a escasear el cereal en todo el territorio. El hombre dio un vistazo por la
ventana, y encontró que la atmósfera se iba enrareciendo. De pronto sonaron las
sirenas, y en cuestión de segundos se escucharon sobrevolar los Messerschmitt.
La luz se hizo mortecina, e iniciaron los primeros bombardeos.
Tiró el diario y corrió por la familia que se hallaba en las habitaciones haciendo
diferentes labores. Lena incluso llevó consigo un camisón que zurcía, pinchándose
con la aguja, mientras le pedía a su esposo con la mirada que ante todo les
protegiera; así mismo, sus hijos se unían aún con los cuadernos escolares en
mano. Se dirigieron al búnker, que era el cuarto más alejado de la entrada de la
casa. Los fogonazos se visibilizaban cerca, y se hacían más certeros, haciendo
temblar la vivienda para su desgracia. Alcanzó a resguardar a Lena y a los dos
muchachos, cuando se desprendió gran parte del techo sepultándolo al instante,
sin dar tiempo a refugiarse.
Y la cama se sacudió…
El psicoanalista le interrogó un poco perplejo, sobre si así terminaba todo.
El hombre respondió que allí se había despertado, y el alienista sentenció a modo
de conclusión, que había sido un mal sueño y ya.
Gregorio contestaba de nuevo que no era tan sencillo, pues al despertarse, tenía
un golpe en la cabeza que sangraba un poco, y el sabor irritante a hierro se
dispersaba por su garganta; además, en el brazo derecho presentaba un moretón
con el que se justificaba la veracidad del hecho.
El médico le replicaba que era interesante el cuadro psicótico que padecía. Ante
tales respuestas, Gregorio afirmaba que todo no acababa allí.
Una segunda noche Bebió su infusión de valeriana, para intentar mejorar sus
hábitos de sueño, y este lo fue introduciendo en una nueva vivencia. Soñó que
experimentaba un enamoramiento enfermizo. Tenía una novia hermosa:
candoroso rostro, ojos miel y nariz respingada, y un cuerpo armonioso.
Lo que pasó lo dejó desconsolado.
Amaba a su novia, y no soportaba ni siquiera una mirada intrusa, por parte de
hombre o mujer, por mínima que fuera. Le prodigaba su amor a Sonia de todas las
maneras, y ella sabía del ímpetu de los sentimientos de su pareja.
Aconteció que una tarde llegó a casa de su amada, y la decepción se hizo latente.
Encontró a Sonia disfrutando con otro hombre. Se divertía tanto bajo las sábanas,
al punto de no advertir la presencia del prometido. No lo soportó, y salió del lugar
de inmediato.
En la retirada no se fijó, y cruzó la calle sin atender la motocicleta que rauda iba en
su dirección. El golpe no se hizo esperar, era el domicilio de un restaurante. Lo
supo cuando al despertar, se halló en el suelo, con el cuerpo adolorido y cubierto
de sobras de ensalada y oliendo a sopa de puerros.
El especialista había sonreído ante el caso que atendía, expresando convencido
que eran
alucinaciones hipnopómpicas.
El paciente lo miraba con un dejo de incredulidad, por lo que el doctor tuvo
que detallarle que estas alucinaciones eran un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, en el momento en el que se estaría despertando. El médico aprovechando su
instante para dialogar, le preguntaba al paciente si había
tenido problemas para conciliar el sueño y si experimentaba somnolencia en el
día .
El hombre contestaba que si tenía dificultad para dormitar, reconocía que su
descanso era discontinuo, lo Aclaraba bajo una notoria palidez en su rostro.
El especialista vociferaba entonces, que sus sospechas ahora estaban
confirmadas, era un cuadro de narcolepsia, y que con un tratamiento
adecuado, podría llevar una vida normal, hablaba con una mueca altiva, dando
a entender que con esos casos se había enfrentado varias veces en su oficio.
El psiquiatra se ajustaba a sus conocimientos del tema, a sus años de estudio
en los claustros y libros especializados. Teorías y diagnósticos se repetían,
brindando una confianza que se transformaba casi en arrogancia, sin tener en
cuenta todas las evidencias administradas por su paciente.
Gregorio refería que no eran simples ensoñaciones, insistía en que no lo
estaba inventando, lo aseguraba en tono serio, y denotaba cansancio en
sus palabras. Decía que ya sentía cierto temor cuando llegaba la hora de ir
a la cama.
Aludió que en la madrugada de hoy había tenido un tercer sueño, este colmaba su
preocupación, y se ensombrecía al comentarlo. Se encontraba en el jardín,
separaba algunas yerbas del cultivo de amarantos, cuando observaba que al lado
de una hojarasca reptaba sin apuros una pequeña serpiente. Lo supo en el acto,
pues sus constantes visitas a las enciclopedias de zoología le dieron certeza. En
el capítulo de ofidios, lo recordaba, tenía ante sí, una auténtica víbora de coral.
Este bello ejemplar de Micrurus había salido de algún pastizal cercano, el patrón
de sus anillos rojo, amarillo, negro y otra vez amarillo, y sus ojos diminutos, le
indicaban tener cuidado.
Gregorio se movió bruscamente en el lecho como tratando de alterar los sucesos
oníricos, pero al instante prosiguió en lo que iba. Tomó un rastrillo y recogió al
tranquilo reptil que llevaba adherida a su piel algunas ramas secas, y lo depositó
junto a unos arbustos, para que se marchara.
Siguió con sus tareas de jardinero, disponiéndose a desplantar una lengua de
suegra que se iba marchitando, estaba agachado desprendiendo sus raíces, y
sintió un aguijonazo casi imperceptible. A los minutos presentó un hormigueo,
palpitaciones y una inesperada sudoración. Se fijó, y notó algunas gotas rojas
que manchaban la parte inferior de su camiseta, y observó de reojo al cilíndrico
reptil serpenteando cerca de la manguera. Pensó al momento en los estragos
neurotóxicos y
experimentó temor, más que sorpresa. Luego volvió del sueño.
Gregorio se levantó de la silla de manera intempestiva, ante el estupor del
médico, que solo acertaba a observarlo.
Él, esperaba tener una segunda cita con el psiquiatra, para que le pudiera
tratar de verdad. Ahora debía irse, indicaba mientras se levantaba la
camiseta, y dejaba expuestos un par de agujeritos escarlatas en la parte
baja del abdomen, los cuales ya se estaban tornando violáceos.
Por Geovanny Ospina El golpeteo seco de las teclas sobre la hoja resonaba en contraste con el silencio. Quedaba poco para terminar el informe de lectura de la jornada quinta del Decamerón, en que la joven Fiammetta cuenta a sus nueve compañeros de encierro historias picantes y amorosas con final feliz. Tenía claro que el profesor Atehortúa le daba relevancia tanto a los trabajos escritos como a las exposiciones. Recuerdo el pasado ensayo acerca del tema de lo grotesco en Gargantúa y Pantagruel, terminé siendo un estudioso de la exageración rabelesiana. Menos mal tenía aquella vieja máquina de escribir, la había heredado de mis tres hermanos, ellos también la aprovecharon en sus retos escolares. Una de las teclas estaba floja; no obstante, funcionaba para lo que la requería. Al principio me costó, no tecleaba con habilidad, sino que chuzografiaba como dicen coloquialmente. Tenía que estar quitando el carrete de la cinta para organizarla, pues a medida que escribía se iba doblando, manchaba la hoja y mis manos terminaban como las de un mecánico automotriz. Aprendí a conocer y controlar esas imperfecciones de la Brother y salí avante al momento de marcar la hache, ya que era la tecla de esta letra la que se hallaba inestable: heridas, fechorías, las acechanzas y el humor, entre otras palabras, tuvieron bien puesta la impresión de la letra muda. La promesa de cambiar la vetusta máquina por una moderna, venía canturreándose por la casa desde hace un par de años, a lo que yo no hacía mucho caso, primero porque pensaba que eran banalidades de mi padre, y en segundo lugar porque en el fondo no quería tal cambio, ya estaba tan compenetrado con mi Brother, que la comodidad y la costumbre originaban cierto temor a recibir una nueva máquina de un manejo más complejo. Solía quedarme hasta cierta hora de la noche adelantando trabajos para la universidad, concentrado cual concertista en su piano, movía mis dedos con obsesión sobre el artilugio de metal, hasta que los picotazos de esa ave mecánica agredían la tranquilidad y el descanso de mis padres y vecinos, mi papá emitía una tos carrasposa y consecutiva que me informaba sin palabras, que había que dar por concluidas las labores mecanográficas por ese día. Al guardar la amiga de cinta y teclas, solo quedaba en la habitación el murmullo de la voz de Cindy, cantando True Colors a través de La hora del gato, clásico programa radial que se transmitía en el horario nocturno. El cuarto era pequeño, su espacio lo ocupaba una cama sencilla, un nochero sobre el que descansaban una grabadora Silver y un reloj despertador. Al frente de la cama, el escritorio en madera y una silla plástica nada ergonómica. Encima de este se ubicaba la Brother en su estuche de cremallera, un portalapiceros en cerámica y con forma de búho y un diminuto globo terráqueo. Dentro del escritorio, guardaba resmas de bloc, carpetas y demás elementos de papelería. En las paredes se adherían tres afiches que constituían toda la decoración; uno mostraba a cuatro integrantes de una banda británica de heavy metal que posaban sonriendo de manera enigmática, al lado de este se exhibía un tigre siberiano fotografiado en un entorno inhóspito, y el tercer poster en la pared de enfrente, presentaba a los héroes escarlatas que habían ganado el título del fútbol colombiano en mil novecientos ochenta y tres. Una tarde antes de salir hacia la universidad llegó una caja, firmé el recibido y me enteré con algo de incredulidad de que su contenido era una máquina de escribir electrónica, la ML100. Habían cumplido lo prometido, lo único es que no era mi padre quien la había comprado, fue mi hermano mayor el que la había mandado desde España, argumentó que en los últimos tres calendarios no me había regalado nada de cumpleaños, y que esta herramienta me daría una mano en mis estudios. La tecnología nipona entraba en mi habitación. Me pareció un artefacto portentoso, tenía pantalla LCD, un disco de margarita en vez de un carrete normal, tremendo teclado, función de inserción automática de papel y una memoria de corrección de sesenta y cinco caracteres; además de escritura en español, inglés, francés y portugués. Incluía funciones para centrar texto, subrayar, negrita, superíndices y subíndices. Reparé en lo poco sofisticada de la vieja máquina mecánica, comparé que antes si me equivocaba al teclear, tenía que utilizar la lámina correctora o el insulso borrador de goma. Ahora solo digitaría el escrito de un renglón, este se mostraría en la pantalla y después sin errores se marcaría en la hoja. Sin duda, me haría rendir el tiempo y el papel. Para no desentonar con tal adquisición, me compraron una silla en madera para el escritorio, le dije adiós a la Rimax. Con el pasar de las semanas, mi nueva aliada y yo nos fuimos haciendo un tanto populares, valoraban la pulcritud con que se presentaban los trabajos escritos y algunos compañeros de estudio me pagaban para que les pasara los informes y ensayos en mi Brother. El negocio fue buenísimo, aunque me encontré un poco atareado. De todos modos, lo que nos complace se va esfumando, pues el emprendimiento fue decayendo al irrumpir en nuestras vidas la computadora, y con esta las salas de lo que se conocería como café internet. Con todo y los inconvenientes ante el recio empuje de la tecnología, me identificaron como el escribano de la Brother, y hasta Tania, la preciosidad de cuarto semestre,se hizo buena amiga de este servidor. Me aprovechó para sus beneficios académicos, prodigándome con abrazos y algún que otro besito, porque era eso, nunca llegó a ser un beso húmedo y bien fundamentado, de esos que hicieran revolotear el lepidóptero que llevamos por dentro. Su proximidad hacía que mis lentes se empañaran de modo recurrente. En muchos instantes me sentí obnubilado como Roberto Carlos a causa de su cacharrito. Tania era estética y simpatía en una sola chica. Su lacia cabellera rubia le caía hasta arriba de la cintura, como la miel desciende hacia el postre que habría de endulzar. Su ser exhalaba Carolina Herrera doscientos doce. Ella era ojos juguetones, piernas esbeltas; superficial y despreocupada, así y todo, me gustaba. La contemplaba ansioso, coqueta, con esas minifaldas que lucía advirtiendo que robaba la atención de la comunidad estudiantil y docente. Y si se le miraba en esos jeans ajustados, tampoco estaba de más. Me distancié de Diana, mi amiga incondicional, argumentando estar acosado por las múltiples tareas. Diana era de otra naturaleza, mirada sincera, tez morena, también era linda; cabello negro hasta los hombros, cuerpo delgado y elegante, se me parecía en algo a un cisne. Fragancia floral en su piel, detallista y disciplinada en sus deberes, tierna y bien puesta, a pesar de sus faldas y sandalias de estilo hippie, que algunos le criticaban. Cuando mi perro London, un híbrido entre criollo y pastor alemán, murió a causa de la fiebre de garrapata, quien estuvo a mi lado tratando de levantar mi ánimo fue Diana, hasta me ayudó a realizar un ritual de despedida para mi amigo canino. Proseguían bien las cosas, avanzaban los semestres, con la compañía de escasos amigos y sobre todo la presencia de Tania. Por algún tiempo tuve unas monitorías en las asignaturas de Literatura clásica, medieval y renacentista, y el apoyo al profesor Atehortúa beneficiaba mis alforjas. En los semestres finales ayudé a Tania con la elaboración de su tesis de grado, ya que estaba quedada, a los métodos que usó para convencerme no me pude resistir, y un caballero lo es, dentro y fuera de su plaza. Nos graduamos, y Tania regresó con su antiguo novio. Solo me dijo gracias por todo, y me premió con una sonrisa, mostrando sus dientes simétricos y bien alineados y sus carnosos labios. Busqué entre muchos a Diana, le hice señas con mi mano derecha para que me viera y le guiñé un ojo. También debo confesar que, por la presión social y tecnológica, fui haciendo a un lado la ML100, el progreso me impulsó a experimentar con los sistemas, y di un salto enorme en esto de la tecnología de vanguardia, y terminé adquiriendo un computador barrigón. Con este, hubo también remodelación en mi cuarto-estudio, llegó un escritorio más grande y con mayor número de gavetas, y una práctica silla giratoria. Y no lo creía, me estaba conectando a la red por banda estrecha. Abrí una cuenta en Hi5 para mantener el contacto con las amistades. Escribo sin afanes y espero que Diana dé una respuesta a mi e-mail.
Copyright © 2026 En el Cuaderno | Powered by En el Cuaderno
Añadido al carrito
Visita nuestra tienda para ver lo que está disponible