La brother

Escrito por:

Geovanny Ospina

Leído por Ricardo Daza

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El golpeteo seco de las teclas sobre la hoja resonaba en contraste con el silencio. Quedaba poco para terminar el informe de lectura de la jornada quinta del Decamerón, en que la joven Fiammetta cuenta a sus nueve compañeros de encierro historias picantes y amorosas con final feliz. Tenía claro que el profesor Atehortúa le daba relevancia tanto a los trabajos escritos como a las exposiciones. Recuerdo el pasado ensayo acerca del tema de lo grotesco en Gargantúa y Pantagruel, terminé siendo un estudioso de la exageración rabelesiana.

Menos mal tenía aquella vieja máquina de escribir, la había heredado de mis tres hermanos, ellos también la aprovecharon en sus retos escolares. Una de las teclas estaba floja; no obstante, funcionaba para lo que la requería. Al principio me costó, no tecleaba con habilidad, sino que chuzografiaba como dicen coloquialmente. Tenía que estar quitando el carrete de la cinta para organizarla, pues a medida que escribía se iba doblando, manchaba la hoja y mis manos terminaban como las de un mecánico automotriz.

Aprendí a conocer y controlar esas imperfecciones de la Brother y salí avante al momento de marcar la hache, ya que era la tecla de esta letra la que se hallaba inestable: heridas, fechorías, las acechanzas y el humor, entre otras palabras, tuvieron bien puesta la impresión de la letra muda.

La promesa de cambiar la vetusta máquina por una moderna, venía canturreándose por la casa desde hace un par de años, a lo que yo no hacía mucho caso, primero porque pensaba que eran banalidades de mi padre, y en segundo lugar porque en el fondo no quería tal cambio, ya estaba tan compenetrado con mi Brother, que la comodidad y la costumbre originaban cierto temor a recibir una nueva máquina de un manejo más complejo.

Solía quedarme hasta cierta hora de la noche adelantando trabajos para la universidad, concentrado cual concertista en su piano, movía mis dedos con obsesión sobre el artilugio de metal, hasta que los picotazos de esa ave mecánica agredían la tranquilidad y el descanso de mis padres y vecinos, mi papá emitía una tos carrasposa y consecutiva que me informaba sin   palabras, que había que dar por concluidas las labores mecanográficas por ese día. Al guardar la amiga de cinta y teclas, solo quedaba en la habitación el murmullo de la voz de Cindy, cantando True Colors a través de La hora del gato, clásico programa radial que se transmitía en el horario nocturno.

El cuarto era pequeño, su espacio lo ocupaba una cama sencilla, un nochero sobre el que descansaban una grabadora Silver y un reloj despertador. Al frente de la cama, el escritorio en madera y una silla plástica nada ergonómica. Encima de este se ubicaba la Brother en su estuche de cremallera, un portalapiceros en cerámica y con forma de búho y un diminuto globo terráqueo. Dentro del escritorio, guardaba resmas de bloc, carpetas y demás elementos de papelería.   En las paredes se adherían tres afiches que constituían toda la decoración; uno mostraba a cuatro integrantes de una banda británica de heavy metal que posaban sonriendo de manera enigmática, al lado de este se exhibía un tigre siberiano fotografiado en un entorno inhóspito, y el tercer poster en la pared de enfrente, presentaba a los héroes escarlatas que habían ganado el título del fútbol colombiano en mil novecientos ochenta y tres.

Una tarde antes de salir hacia la universidad llegó una caja, firmé el recibido y me enteré con algo de incredulidad de que su contenido era una máquina de escribir electrónica, la ML100.

 Habían cumplido lo prometido, lo único es que no era mi padre quien la había comprado, fue mi hermano mayor el que la había mandado desde España, argumentó que en los últimos tres calendarios no me había regalado nada de cumpleaños, y que esta herramienta me daría una mano en mis estudios. La tecnología nipona entraba en mi habitación.

Me pareció un artefacto portentoso, tenía pantalla LCD, un disco de margarita en vez de un carrete normal, tremendo teclado, función de inserción automática de papel y una memoria de corrección de sesenta y cinco caracteres; además de escritura en español, inglés, francés y portugués. Incluía funciones para centrar texto, subrayar, negrita, superíndices y subíndices.

Reparé en lo poco sofisticada de la vieja máquina mecánica, comparé que antes si me equivocaba al teclear, tenía que utilizar la lámina correctora o el insulso borrador de goma. Ahora solo digitaría el escrito de un renglón, este se mostraría en la pantalla y después sin errores se marcaría en la hoja. Sin duda, me haría rendir el tiempo y el papel. Para no desentonar con tal adquisición, me compraron una silla en madera para el escritorio, le dije adiós a la Rimax.

Con el pasar de las semanas, mi nueva aliada y yo nos fuimos haciendo un tanto populares, valoraban la pulcritud con que se presentaban los trabajos escritos y algunos compañeros de estudio me pagaban para que les pasara los informes y ensayos en mi Brother. El negocio fue buenísimo, aunque me encontré un poco atareado. De todos modos, lo que nos complace se va esfumando, pues el emprendimiento fue decayendo al irrumpir en nuestras vidas la computadora, y con esta las salas de lo que se conocería como café internet.

   Con todo y los inconvenientes ante el recio empuje de la tecnología, me identificaron como el escribano de la Brother, y hasta Tania, la preciosidad de cuarto semestre, se hizo buena amiga de este servidor. Me aprovechó para sus beneficios académicos, prodigándome con abrazos y algún que otro besito, porque era eso, nunca llegó a ser un beso húmedo y bien fundamentado, de esos que hicieran revolotear el lepidóptero que llevamos por dentro. Su proximidad hacía que mis lentes se empañaran de modo recurrente. En muchos instantes me sentí obnubilado como Roberto Carlos a causa de su cacharrito.

Tania era estética y simpatía en una sola chica. Su lacia cabellera rubia le caía hasta arriba de la cintura, como la miel desciende hacia el postre que habría de endulzar. Su ser exhalaba Carolina Herrera doscientos doce. Ella era ojos juguetones, piernas esbeltas; superficial y despreocupada, así y todo, me gustaba. La contemplaba ansioso, coqueta, con esas minifaldas que lucía advirtiendo que robaba la atención de la comunidad estudiantil y docente. Y si se le miraba en esos jeans ajustados, tampoco estaba de más. Me distancié de Diana, mi amiga incondicional, argumentando estar acosado por las múltiples tareas. Diana era de otra naturaleza, mirada sincera, tez morena, también era linda; cabello negro hasta los hombros, cuerpo delgado y elegante, se me parecía en algo a un cisne. Fragancia floral en su piel, detallista y disciplinada en sus deberes, tierna y bien puesta, a pesar de sus faldas y sandalias de estilo hippie, que algunos le criticaban. Cuando mi perro London, un híbrido entre criollo y pastor alemán, murió a causa de la fiebre de garrapata, quien estuvo a mi lado tratando de levantar mi ánimo fue Diana, hasta me ayudó a realizar un ritual de despedida para mi amigo canino.

Proseguían bien las cosas, avanzaban los semestres, con la compañía de escasos amigos y sobre todo la presencia de Tania. Por algún tiempo tuve unas monitorías en las asignaturas de Literatura clásica, medieval y renacentista, y el apoyo al profesor Atehortúa beneficiaba mis alforjas.

En los semestres finales ayudé a Tania con la elaboración de su tesis de grado, ya que estaba quedada, a los métodos que usó para convencerme no me pude resistir, y un caballero lo es, dentro y fuera de su plaza.

Nos graduamos, y Tania regresó con su antiguo novio. Solo me dijo gracias por todo, y me premió con una sonrisa, mostrando sus dientes simétricos y bien alineados y sus carnosos labios. Busqué entre muchos a Diana, le hice señas con mi mano derecha para que me viera y le guiñé un ojo.

También debo confesar que, por la presión social y tecnológica, fui haciendo a un lado la ML100, el progreso me impulsó a experimentar con los sistemas, y di un salto enorme en esto de la tecnología de vanguardia, y terminé adquiriendo un computador barrigón. Con este, hubo también remodelación en mi cuarto-estudio, llegó un escritorio más grande y con mayor número de gavetas, y una práctica silla giratoria. Y no lo creía, me estaba conectando a la red por banda estrecha. Abrí una cuenta en Hi5 para mantener el contacto con las amistades. Escribo sin afanes y espero que Diana dé una respuesta a mi e-mail. 

La brother

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