Escrito por:
Luz Dary Roa
Leído por Rocío Durán
Audio
En el parque, a diez minutos de la casa donde vivían, se respiraba libertad. Columpios que elevaban a los niños hasta el cielo, pasamanos para cruzar al otro lado sin hacerse daño, ruedas que se impulsaban desde afuera y que provocaban mareos y en el peor de los casos vómitos, moretones, caídas, dolores de cabeza y regaños que hasta escuchaban las piedras. Algunos iban de pie, otros, se aseguraban de agarrarse fuerte y de estar bien ubicados para no caerse cuando la rueda que hacía girar a los niños se elevara y alcanzara su velocidad máxima.
Al parque llegaron los niños con sus padres, tal y como la llevaban a ella los suyos; para pasar un día distinto. Sus pies tropezaron con lo que podría ser una caja rectangular. El cielo estaba nublado y el aire que se respiraba no era frío, no congelaba. El olor advertía de la llegada de la lluvia. El calor en el cuerpo apenas se sentía. De pronto escuchó la música, que tanto le gustaba y que reconocería con la primera nota, el carro de los helados, que a diario pasaba por el frente de su casa y atravesaba con su sonido las ventanas cerradas. Esta vez, estaba en el parque, a unos pasos suyos. Cuando recordó que no había dinero para nada, la alegría se fue.
Ni para el helado de sabores combinados, ni el de chocolate con el que soñaba.
Reapareció la idea de acercarse a la caja que la había cautivado ¿Era una caja? A ella le parecía que las cajas eran habitadas por objetos, que guardaban algo valioso, para quien las conservaba, escondían: papeles, dinero, cartas, joyas.
Caminó hacia la entrada del parque, se aseguró de no escuchar pasos cerca. Quería tocarla sin afanes. Inspeccionarla de la única forma en la que podía ver las cosas, sus manos sintieron un rectángulo liso de uniones perfectas; estaba fría.
No imaginó que pudiera existir una caja a la entrada de un parque. Pensaba preguntarle a su padre por ella; pero las voces de su padre y su hermano se refundían entre el ruido balones que apenas rozaban el piso, los gritos ensordecedores de los niños, el chirrear de los columpios, mientras los cuerpos livianos de los niños intentaban llegar el cielo mientras esperaban el llamado inútil de los padres para que volvieran todos a casa.
Jugó con ella, con lo que tenía dentro. Dio algunos pasos y comprobó que esa sucesión de cilindros delgados y pegados, proponían una forma. Al abrirla, sus manos tocaron un juguete, el suyo, se entretuvo con la arena silenciosa y fría que iba y venía de sus dedos para regresar a la caja.
La imagen de una piscina, el aire tibio abrazándole, la playa y la grandiosidad del mar empujando con fuerza a todos los sujetos que en él se refugiaran iluminaron su mente y el resto de sus sentidos; se imaginó rodeada de todos los niños del parque siendo parte de esa playa que a diferencia de la caja no tenía fin. Él la había abrazado cuando se vieron por vez primera en Santa Martha, y aunque su miedo fue más grande que su curiosidad por conocerlo, ella no olvidaba ese abrazo cálido y el olor a sal pegado a la ropa, al cuerpo.
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