Relato Breve
Escrito por:
Luz Dary Roa
Leído por Rocio Durán
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En mi primer día de trabajo, el aire frío, todavía con olor a lluvia, se me pegaba a la nariz . Los truenos nos desubicaban a las dos. No conocía de las grietas que dejaba el tiempo en el asfalto hasta que dimos nuestro primer paseo. El suelo no estaba caliente ni frío, mis cuatro patas se adaptaban sin mayor problema al tocarlo. Mientras avanzábamos sentía un desorden de basura inclasificable. Tuve que evitar que ella lo pisara esquivando una multitud de piernas que nos embistieron. Uno que otro bastón nos saludó. El peligro que venía de arriba y que estaba fuera de mi campo visual, le correspondía detectarlo a ella con todo su cuerpo. No pude distraerme comiendo las migas de pan en el piso, tampoco refrescarme pese al sol, ni recibí caricias de extraños. Mi trabajo consistía en no perder concentración para evitar un accidente. Llegado el medio día respiramos el caos que huele a aire sucio, a calor excesivo y le sube el volumen al ruido de la ciudad. Intentaba decírselo entrando a lugares cercanos, pero ella tiraba fuerte el asa, haciéndome dar la vuelta para retomar el paso. —Seguimos trabajando hasta llegar al destino — me recordaba. Regresamos sin el rayo del sol en la piel , recogiendo las memorias de los pies que compartieron nuestro camino. Yo menos jadeante y ella con un suéter que no protegía del aire de tarde que congela más que el de la mañana. Algunos curiosos me miraron a mí y de vez en cuando la miraron a ella. Pocos hicieron la relación entre el ciego y su perro guía.
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