La colección de animales marinos

Escrito por:

Luz Dary Roa

Leído por Rocío Durán

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No recuerdo cuándo fue la primera vez que vi a Pato, últimamente todo transcurre con prisas, en medio del día a día, los viajes, el trabajo, la casa, las respuestas a los mensajes… Pero, sí, recuerdo la primera vez que nos encontramos en su apartamento. Era sábado, estábamos libres de las oficinas, de nuestros propios miedos; incluso, de Lila, que muy temprano salía para atender la microempresa de juguetes. Sin embargo, a él le había encargado una colección de animales marinos; debía ir a su encuentro. Hablamos cerca de un año o algo más a través de los mensajes de texto en el teléfono, pero, jamás nos encontramos. Me gustaba pensar que, en lugar de animales terrestres en casa sobre la mesa, podría verse muy bien un animal del mar. Una vez –cuando aún salía Con Fred–lo abracé con la dulzura y el enamoramiento de los veinte y le dije: —“Amor, mira”. Él la tomó en sus manos y me dijo: —“¿por qué me trajiste aquello?” ¿por qué no la dejaste en su lugar? Con el asombro de quien mira por primera vez el cielo y lo encuentra gris, o quien va al mar, y en lugar de peces encuentra una familia muerta en medio del agua, tragué saliva, me quedé callada. Sin saber qué decir, me prometí que nunca olvidaría aquello. Seguí amando en secreto aquellos animales como a un presagio. A Fred lo abandoné después. Nunca entendí si el caracol de mar en forma de lámpara había tenido que ver con el cambio del propio Fred; quien lo único que me dejó ver fue su propia inexpresividad cuando lo dejé. Lejana en el tiempo y volviendo a los hechos presentes, revisé la hora en el celular, por ese entonces no tenía reloj; me pareció que eran las ocho; salté de la cama, puse los pies en el suelo frío y me hice consciente de la mañana gris que nos rodeaba, di dos pasos al frente, abrí el cajón, tomé la toalla, la ropa, y me duché con la rutina de siempre. Puse en mi bolso: una barra de halls negro, el perfume dulce que en otros tiempos Fred me dijo que extrañaba. Puse también el dinero justo para abordar el taxi. Salí. En frente de la puerta gris estaba parqueado un carro de tono amarillo; abrí la puerta; al saludar confié de inmediato; el señor era bastante mayor, además, el haberlo llamado por la aplicación me hizo sentir una tranquilidad que me abrazó los miedos más grandes, o al menos me los borró; y de momento, quedaba libre de la inseguridad que sacudía mi ciudad y la incertidumbre del alma propia. No llevaba prisa, tan solo la necesaria como para no quedar atrapada en un trancón y arrepentirme de haber tomado el taxi, tras la ventana el sonido instantáneo de las motocicletas, los buses y los taxis se entremezclaba, apenas podía distinguirse uno de otro. Al llegar, el señor apagó el motor y se ofreció a dejarme en la puerta, un gesto que lejos de asombrarme me reconfortó, lo agradecí, mientras el sensor de la entrada me hacía entrar en otro mundo, el de Pato. Este día él no bajó a recibirme. Antes de salir confirmó que sabría llegar sin problema. Debo confesar que me asombró. Pero para qué iba a reconocerlo si finalmente lo que debía interesarme era la colección de animales marinos. La primera vez había sido yo la de la alegría desbordada, que no cabía en el corazón ni en el alma, no bastaba con describirla ni reescribirla, no bastaba con expulsarla del cuerpo, quizá porque aquella vez la perfección y lo impecable de aquel apartamento dejó en mí, la curiosidad por averiguar si todo era así de perfecto. Sin embargo, no sabía por qué esa explicación me parecía absurda, inventada, improvisada. Después de algunos minutos, las manos se me congelaron, mientras los dedos adoptaban una y mil posiciones sin encontrar la ideal. Tomé el ascensor hasta el cuarto piso, la puerta se cerró, y la incertidumbre volvió a sacudirme el corazón, ¿qué pasaría si no se abriera?, ¿qué pasaría si se dañaba?, ¿qué pasaría si yo quedaba allí encerrada? ¿Vendría Pato por mí?, ¿me rescataría?, ¿sería olvidada por él y por todos?, ¿se preocuparía al notar mi ausencia? ¿Algún desastre natural podía empeorar las cosas? ¿Un temblor? ¿Una inundación? ¿Un incendio? Y yo podía quedar atrapada en ese lugar. La puerta se abrió, di un paso al frente y con la mirada busqué algún rastro de Pato, pero aquel piso estaba vacío. Quedé abstraída en el pensamiento, cuando de pronto lo vi delante. Mi ser entero fue interrumpido por su abrazo. Estábamos juntos frente a la puerta de su apartamento, lo veía por fin, olía a perfume caro, vestía una camiseta y un pantalón impecable. Al tiempo, sentí un vuelco de mis emociones del que apenas fui consciente. No sabía por qué, pero Pato se me antojaba más cercano de lo habitual, sin estarlo, atractivo e irresistible. En aquel instante, la teoría del matrimonio perfecto se me cayó, y como pude, lo seguí, rodeando con el brazo, al principio fue lejano, diría que trató de zafarse de mi asedio, luego cedió. Me preguntó: —¿Por qué? —¿No lo sabes? ¿No lo adivinas? —No, soy tu amigo — ¡No lo digas! Lentamente, me acerqué como el robo que no puede evitarse, lo suficiente como para que él sintiera mi proximidad; quiso apartarse, lo tomé de la mano y lo besé. No respondió; yo diría que nunca esperó aquella confesión y la idea de traicionar a Lila, lo atormentaba, aunque algo me decía que no más de la cuenta, quizá por eso se lo confesaba abiertamente, quería saber si se atrevía a ir más allá de lo que en el matrimonio estaba permitido… si podía mirarme, si podía demostrarme lo que ni Fred fue capaz de demostrarme hasta aquel momento. Él era dulce, deseable y yo quería disfrutar lo más que pudiera de esa proximidad suya, lo necesitaba; seguí recorriendo con mi boca sus labios fríos, apretados, sin respuesta; decidida a apartarme, cuando sus brazos me levantaron en el aire, mientras un beso apasionado me impidió llevar a cabo alguna palabra, alguna protesta, algún reclamo. Me quitó todo lo que llevaba encima, el calor que sentía en el rostro rodeó todo mi cuerpo, no lo dudé, lo abracé con fuerza, y volví a besarlo, esta vez con afán, con urgencia, quería demostrarle que no se equivocaba al permitirme ese ingreso a su vida, a su corazón, a su rostro, solo sus brazos, solo sus labios. No tenía miedo, aunque Pato no pudiera verme, le iba a enseñar a abrazarme con la delicadeza con la que solo él sacudía mi corazón y me acariciaba el alma, hacía volar la moral y todo lo que en este mundo han llamado correcto. De pronto se apartó y me dijo: —¿Cómo fue que no me di cuenta de esto?, ¿cómo fue que ignoré tus sentimientos? Esta pregunta suya abría la puerta para que le dijera todo. Con Fred había sido más sencillo, sin caricias, sin rituales. Cuando el amor se me hizo insoportable en la cabeza, y empezaba a desbaratarme entera, se lo confesé. Pero Fred para estas cosas era infantil, seco, sin tacto, Pato, en cambio, era todo lo que yo soñaba: tierno, elegante, delicado, perfecto. Le acaricié el pómulo y dispuesta a responderle, añadí: — “para ser sincera, yo tampoco sé cuándo empezó todo esto, solo sé que mi corazón me dijo que, para él, tú lo eras todo, casado sí, porque lo sé, estás casado pero, esa cercanía tuya, esa perfección indestructible, esa sonrisa, ese cuidado con el que pareces hablarme como si tuvieras miedo de lastimarme me atrajo. Pato, yo entré en tu vida, te observé y no pude sacarte de mi alma nunca más. Los nervios empezaban a adueñarse de mis palabras, y yo misma era consciente de la fuerza y los latidos de mi corazón que empezaban a pesarme. Él añadió — ¿entonces qué haremos? No pensaba respondérselo porque con las palabras siempre he sido torpe. Así que le pedí que se sentara en el suelo a mi lado. Me tomó del cuello y me besó con fuerza mientras sus manos tocaban las mías.

La colección de animales marinos

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