Escrito por:
Gonzalo Barbosa
Un sábado frío de quincena, de una tienda de mi barrio salía a la calle, música, ruido y Richard metido en una camisa azul rey de satín o seda, que no hacía juego con las zapatillas rojas, “Puma” que le adornaban los pasos.
Se acercó con decisión y haciéndome entrar, me dijo: —¡Aja viejo doctor! ¡venga lo saludo! Recíbame una no más, le quiero saludar. Hablaba con su español costeño que apenas se entendía, “que una cerveza fría, destapada, cubierta de escarcha”, nos esperaba.
Entramos al local, buscamos la mesa más cerca de la rockola, adornada por una calcomanía con una chica en bikini a la derecha de la pantalla, nos sentamos en unas sillas plásticas de colores vivos. Con cerveza en mano, Richard, me contó que, una madrugada cualquiera de su adolescencia, escuchó desde su hamaca, a lo lejos, los camiones Ford cincuenta o “Piraguas”, llamados así por su papá, sacando las trozas provenientes de Mompox. Ese rechinar de metales lo alentó a manejar su vida como bien le pareciera.
—Imagínese! ¡Dóctor!, ¡Yo ya soñaba con ganar mi plata y salir de fiesta! — Me decía después de saborear su cerveza.
Con la vista puesta en la gente que pasaba, saludaba a alguien a lo lejos. Sin dejar de hablar, contaba que una mañana, con el sol asomando, el gallo fino, rojo y de espuelas afiladas, parado en la cerca de piedra, cantaba reclamando el maíz y dando aviso de que el humo del fogón llenaba la casa. A esa hora, las mujeres servían el café negro con plátano asado y los hombres alistaban machetes y limas para salir a la jornada. Nadie quedaba en cama —“La familia éramos dos hijas mayores que ayudaban a la mamá Clema en la cocina y otros cuatro varones para la media docena de hijos, yo era el menor y todos hacíamos lo que mi papá, don Marcos, dispusiera”. Contaba todo con detalle y nostalgia que podía sentirme dentro de su casa de aquellos años.
Un viejo radio colgado, destartalado y enfundado en una malla de cuero dejaba oír que había baile en el parque. Las casetas esperaban a propios y extraños, como anunciaba el locutor: la orquesta tocaría hasta el otro día. Richard, no se quedaba quieto en su silla. Sobre la mesa, con su dedo mojado por la escarcha de la cerveza, me dibujaba la motosierra hundiéndose entre el roble, reduciéndola a vigas de tres metros y después en cuadrantes para que las mulas los pudieran sacar a la carretera. Al final de la tarde, con las cargas en los camiones, obreros y equinos volvían a casa para buscar la ración de comida y refrescarse. Los trabajadores se formaban para recibir el pago de sus jornales y, una vez aseados, ir al parque principal a la verbena popular.
Richard, con un gesto de tristeza, suspiraba y me señalaba en el aire cómo aguardó su turno, el último, y con respeto pidió a don Marcos su pago, pero con una mirada de rabia y sin soltar el cigarrillo “Piel Roja” de los labios, gruñó y lo abofeteó con la cubierta del machete. —¡Vea este! —Y secando el sudor de la frente, continuó gritándole—: ¡No gana ni pa’ la papa y pidiendo plata!
Richard, subió la voz — “Vea yo retrocedí y contesté con furia “: —Mire, esta es la última vez que usted me pega, ya estoy grande y rindo como los otros.
-Aja Doctor, así me llamaba, por mi apariencia tranquila, mis gafas y pinta de seminarista, como me describió con sus amigos cuando habló con ellos por el celular. Continuó contándome que ni hermanos ni obreros dijeron nada, ni siquiera se molestaron en reparar en el asunto. No quedaba otra; arrepentirse no estaba en la lista y bajar la cabeza menos. Ir a los golpes no era cosa que a Dios le gustara, pues al papá se le respeta, y así se tengan dieciséis años y la fuerza de un buey, es mejor buscar camino.
En este tramo de la historia, yo ya me había acabado mi cerveza, sin dejar de hablar, Richard tronó los dedos para pedir otra y siguió.
Entonces me devolví a la casa saqué lo poquito que tenía, le di un beso a mamá Clema y, sin chistar más, salí loma arriba. Hablé con uno de los chóferes y me embarqué a Barranquilla. Al otro día, y después de ayudar a descargar, pedí trabajo en una carpintería. Me le presenté al dueño y, como era bueno para la palabra, le dije que conocía de maderas, que nada me quedaba grande y que aprendía rápido; lo que necesitaba era un techo donde dormir y un plato de comida. El dueño, el viejo Martín ya me conocía y me dejó trabajar sacando tabla burra o basta, la que sirve para hacer graneros.
No fue difícil entender cómo funcionaba la sinfín, la sierra de banco o el cepillo. El taladro de columna me gustaba porque con mi buena vista los huecos me quedaban precisos, pero lo que más me llamó la atención fue el torno; de allí podía sacar lujo de listones para convertirlos en patas de sillas o parales de barandas coloniales. La habilidad me destacó y ya ganaba por mi buen trabajo en el detalle y el volumen de producción.
Después de dos años, las cosas habían cambiado, con el firme propósito de no volver a dejar humillar por mi papá y hermanos mayores, era otra persona, tenía ropa nueva, me metí al gimnasio, cogí cuerpo y las hembritas me miraban. Tenía plata en el bolsillo para tomarme las cervezas que quisiera.
Pero la nostalgia de volver a ver la vieja Clema no me dejaba dormir, entonces aparté unos pesos, compré regalos para todos, pasé por donde el turco y llevé unos cortes de tela para que con ella mis hermanas hicieran blusas y vestidos nuevos. A mi papá le cuadré un radio Marca Sony de pilas y corriente para cargarlo a todos lados, les llevé una lampara de petróleo para iluminar el cobertizo y espantar a las polillas y zancudos que llegan por la luz pero que el humo no espanta, también les compré la espada de la motosierra Stheel que necesitaba cambio. Apenas asomé a la puerta de golpe en la cerca de piedra, mamá y hermanas dejaron de hacer todo para rodearme y abrazarme, todos se alegraron, los hermanos mayores me recibieron la caja y maleta que cargaba, mi papá, abrió los ojos tanto como podía, no lloró, pero me dio la mano, me invitó a sentarme en su butaco, trajo guarapo para el calor y mandó a matar gallina.
—Mire Dóctor, uno se siente bien cuando se vuelve con la cabeza arriba-, Ya me sentía diferente, grande y hablaba durito y me respetaban. Esa noche acompañé a mamá a la finca de Don Manuel para entregar un encargo de pasteles, y allí la vi, de cabellera larga, negra, lisa y brillante, bien blanquita y con un vestido de flores que le dejaba ver unas piernas parejitas y caderas firmes. Los ojos me saltaron y el viejo Manuel se dio cuenta, la mandó a entrarse, pero yo le gusté, entonces, me propuse cuadrarme ese bocadito. No pasó mucho tiempo, el pueblo es pequeño y aunque ir a misa no era lo mío, sabía que allí la encontraría todos los domingos en misa con su mamá, y con la excusa de acompañar a la vieja Clema, fui, y en el atrio de la iglesia invité a Don Manuel, y la familia a tomar el fresco. Cuando pude, le pasé unos papelitos que le dejaba en su bolsito de mano que siempre llevaba a medio cerrar.
—¿Teresa? Sí, Teresa, así se llamaba esa criaturita de Dios, que me quitaba el sueño- dijo Richard. Levantándose de un salto, silbó, pidió más cerveza, le echó monedas a la rockola y escogió una de Diomedes.
Yo le miraba, me causaba risa ver como todo lo que contaba estaba acompañado de muecas y señas, sus manos eran parte de la historia y cuando las dejaba quietas se quedaba callado. No tenía reparos en coquetearle a una mesera bonita que pasaba junto a nosotros, le murmuraba —¿Qué dice la cosita más linda que tiene este barrio? Miraba al cielo, se persignaba y la muchacha continuaba riéndose aprobando el piropo.
Entonces comprendí, que las mujeres eran su debilidad, su motivo y razón de ser, no sé si por cultura o por la huella que pudiera haber dejado la mamá en la infancia, le interrumpí para preguntar, ¿Teresa fue tú esposa?, me miró con unos ojos grandes e inquietos color miel, no señor, es la madre de mi hijo mayor, el pelao es pura pinta, ya está en el ejército y el mes pasado juró bandera. Aquí continué preguntando, -Richard, ¿cuántos hijos tienes? Corrió la silla más cerca y me dijo, trece con cinco mujeres, es que el corazón le alcanzaba para todas y unas cuantas más.
—Aja Dóctor, no crea, uno nunca sabe, el destino es complicao y cuando quiere te daña la mente — justificando su inestabilidad. Ya empezaba a sentir el licor y sus efectos, busqué una excusa para salir y llegar a casa, nunca fui buen bebedor, pedí la cuenta, pero me tomó nuevamente del brazo y se ofreció a acompañarme, acepté y salimos. En el trayecto riéndose, y sin bajar la voz, me preguntó —¡Bien linda la hembrita del bar! ¿no? Te estaba mirando. No dije nada, sonreí y busqué las llaves y al momento de despedirme al entrar, me dejó en la mano, la tentación, una etiqueta de cerveza con el nombre de Sofi y su número en letra borrosa con esfero negro.
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