Pausa de Ruido

Un ensayo sobre el silencio

Escrito por:

Edgar Adolfo Vargas

Leído por

Carlos Baquero, Andrés Corchuelo, Rocío Durán, Gustavo Fernández y Mery Soto.

He tenido vecinos ruidosos. Múdense ellos o yo, nos volvemos a encontrar. Se turnan en su misión de mortificar mi oído. Celebro sus pausas al bullicio. Es que son muy alegres, abiertos, extrovertidos. No lo creo. Son desconsiderados. Prefiero que parezcan tristes, aburridos, ermitaños. Mi espíritu no está afligido. Mi carácter es alegre, aunque no tenga la bulliciosa expresión estándar que domina .  Tengo incompatibilidad con el ruido.  

Desde niño me desespera el ladrido de perros. En el patio, los días domingo, escuchaba la algarabía sobre la música amplificada que venía desde la esquina de la cuadra. Un grupo de adultos se reunía afuera de la tienda para pasar el domingo.

Cuando nuestro apartamento quedaba enseguida de un edificio azul de vidrios rotos, la normalidad era interrumpida desde allí. Lo habitaban protagonistas de escándalo. Gritaban, insultaban, peleaban, rompían puertas, ventanas, platos, muebles.  Era común la llegada de la policía en la noche para calmar los ánimos.

En otro vecindario, un restaurante emitía música en vivo. El alto volumen acompañaba los fines de semana. Desde un distribuidor de cerveza sonaban las botellas vacías de vidrio que eran organizadas en canastas durante horas. También tuve la vecindad de una discoteca. Noche a noche escuchaba las mismas rutinas del pinchadiscos de turno animando a la clientela:

—¿¡Dónde están las mujeres!?
—¡Aquíiiii…
¿¡Dónde están los honres!?
—Aquííí…
—¿¡Dónde están los hinchas de Millonarios!?
—¡Aquííí…
—¿¡Donde están las solteras!? ¡Regálenme una bullaaaaaa…!!
—¡Sííí… Uuuuh…  Aaaah… Eeeeh…  Aaaah…!
Malditos, Los odio. No me dejaban dormir.

 

En otro lugar, una voz indescifrable me sacó del sueño profundo. Su quejido atronador me sentó en la cama. ¿Una pesadilla sin historia? ¿Algo sobrenatural? ¿El lamento de un espíritu atormentado?
No. Al otro día, una carpa de circo en el lote cercano. En una de las jaulas rodantes, un oso triste. Me despertó con menos sobresalto a la misma hora durante toda la temporada. Inspiró cada vez  pensamientos de solidaridad por su tristeza.

 

En el año dos 1000, un nuevo sistema de transporte público para Bogotá ofreció liberarnos del gusto musical de cada conductor de bus, buseta o colectivo. Prometía proteger nuestros oídos del alto volumen que competía con motores, pitos, y demás ruidos del alto tráfico en general. Pero desde entonces, mendigos, vendedores ambulantes y músicos de calle, poco a poco, provistos con amplificador de batería recargable, reproducen pistas mientras perifonean sus discursos. invadieron los buses, las estaciones, las calles, los puentes peatonales, y cuanto espacio público les resulte rentable. Compiten entre sí en duelos de vatios y decibeles por conquistar la cautiva audiencia a la que de vez en cuando chantajean con expresiones como:
—Hoy por mí, mañana por ti.
—Apoya mi forma de trabajo.
—Prefiero pedir y no hacerle daño a nadie.
—Un aplauso para Dios por favor… 

¿Un aplauso para Dios…? El viejo truco de justificar acciones y comportamientos en su nombre.

 

Mi vecino del frente no madruga, que bendición. Tengo unas horas en la mañana para disfrutar del silencio, escuchar algo de mi gusto o hacer una práctica musical. Al llegar el medio día, el paisaje acústico se transforma. abre la puerta de su casa, saca los altavoces a la calle peatonal, enciende su equipo de sonido y viene a sentarse en la puerta de mi casa para escuchar mejor sus emisoras de radio o sus listas de reproducción.

Se ha impuesto la costumbre de gritar en la radio, ya sea en las tertulias o polémicas, en la publicidad, en el:
—¡Extra, Extra, interrumpimos este programa para dar una noticia importante!
O en el colmo de gritar el nombre o el lema de la emisora varias veces mientras transmiten una sola canción. 

—Hola Edgar. ¿Todo bien? Ah bueno. ¿Qué tal la música? ¿Chévere no?
—La música no está mal. El problema es el volumen. Mucho ruido.
—¿Te parece?
—Sí. Porque adentro de la casa no es posible escuchar nada distinto, ni leer, ni estudiar, ni trabajar o tener una conversación virtual o presencial.
—Es que nos estamos animando para el partido de esta tarde, tu sabes. Pero en cualquier otro momento, yo no tengo problema. Tú me dices y yo le bajo… Un poquito.

No hay nada más difícil que argumentar frente a un fanático de ideología, religión, o futbol.

En el mundial Suráfrica 2010 el mundo civilizado se llenó de Vuvuzelas. Una sola de estas trompetas alcanza 127 decibeles. Jugadores, técnicos, periodistas y espectadores se quejaron en su momento por el desagradable ruido que impedía la comunicación entre ellos. Las transmisiones siempre estuvieron acompañadas por este agresivo sonido de fondo. Sin embargo, las molestias y el efecto nocivo para la salud auditiva, no logran erradicarlas del todo. Aún se comercializan al lado de cachuchas, camisetas, bufandas y demás distintivos de los hinchas de este deporte. Se hacen oír en las marchas y protestas sociales sin afectar en lo más mínimo a los destinatarios del mensaje; solo a los que no tenemos más opción que aguantar.

 

El oído humano percibe los cambios de sonido en forma logarítmica. Para que un sonido se perciba el doble de fuerte, se necesita aumentar los decibelios en una cantidad no constante.  los decibelios utilizados a la hora de evaluar el ruido son los que miden la fuerza con que las ondas sonoras empujan el aire. A partir de 85 decibelios una exposición prolongada puede causar daño auditivo; por encima de 120 decibelios el sonido se vuelve doloroso y puede causar daño inmediato. Una conversación normal está en alrededor de 60 decibelios. El tráfico entre 80 y 90 decibelios. Un concierto de rock puede superar los 110 decibelios. Las recomendaciones sugieren utilizar protección auditiva en ambientes ruidosos, Evitar exponer los oídos a volúmenes altos durante periodos prolongados, Y por último, dar descanso a los oídos regularmente.

Los efectos nocivos del ruido van más hallá de la pérdida de audición. Trastornos del sueño desembocan en irritabilidad y disminución del rendimiento cognitivo; el aumento de los niveles de cortisol, hormona del estrés, llevan a depresión, ansiedad y alteraciones del ánimo; el aumento de la frecuencia cardiaca contribuye al desarrollo de hipertensión y enfermedades coronarias; la falta de concentración, afecta la capacidad de aprendizaje, en especial, en niños y adolescentes; también se asocia a trastornos gastrointestinales, fatiga crónica y disminución de la lívido.

 

 

Una marca japonesa presenta en su catálogo, una serie de instrumentos musicales silenciosos. Guitarras, violines, chelos y contrabajos sin caja de resonancia. Un sistema electrónico: ecualizador y efectos, ofrecen al intérprete la experiencia de escucharse con audífonos sin molestar a nadie, o usar amplificación a la hora de presentarse en público. Incluso fabrican pianos acústicos en los que tras hacer clic sobre un botón, desactivan la mecánica original y dan paso a lo electrónico: Se convierten en silenciosos.

El 29 de agosto de 1952 en New York se estrenó “Cuatro treintaitrés”, una pieza musical de John Cage. Entre las influencias recibidas por este artista de vanguardia de la posguerra del siglo veinte, se comenta la visita a una cámara anecoica de Harvard para escuchar el silencio. Sin embargo, en esas condiciones de laboratorio, dos frecuencias fueron imposibles de anular. Una relativamente grave producida por el aparato circulatorio y otra más aguda debida al sistema nervioso: El silencio absoluto no existe.

La noche del estreno, el pianista encargado de la interpretación se sentó frente al piano con un cronómetro y ante el atento auditorio dio inicio a su intervención quedándose quieto. Solo se movió para abrir y cerrar la tapa que cubre el teclado al principio y final de cada uno de los tres movimientos de la obra. Al terminar, cuando el cronómetro marcó cuatro minutos con treinta y trés segundos, se levantó, agradeció al público por la atención prestada, y se marchó.

El pasado 26 de octubre de 2024, en compañía de un grupo de amigos asistimos a la presentación de la obra “El centro del mundo de La Gata circo” en el teatro Delia Zapata. La publicidad ofrecía una obra sobre identidad personal y salud mental. Una experiencia sensorial que incluía  danza acrobática, visita guiada, exploración a la escenografía, actividades aptas para personas con o sin discapacidad visual.


Recibimos un dispositivo con diadema de audífonos. El exagerado volumen de la música amplificada no permitió escuchar el audio descripción. La puesta en escena no contenía diálogos. Bella obra. Buenas intenciones. Arte frente a nuestras narices sin poderlo apreciar. Resistimos al suplicio como Tántalo sin poder acceder a lo deseado.  Para terminar, un estruendoso final de aplausos, vítores , expresiones como ¡bravo!, y chiflidos de un lado y otro: Muestras de admiración y reconocimiento por parte del público.

Los silencios son pausas. Pausas de blanca, de negra, de corchea…En el estreno de Cuatro treintaitrés la música hizo pausa. Fue silencio. Durante el primer movimiento se escuchó el distante ambiente exterior del auditorio. A lo largo del segundo movimiento, el golpeteo de la lluvia, la respiración entre espectadores cercanos, una injustificada tos, y tímidos sonidos reprimidos de quienes se resistían al silencio; en el lapso del tercer movimiento, las risas nerviosas contenidas, los comentarios en voz baja del publico desconcertado, y diferentes acciones, entre ellas, los pasos apresurados de quienes molestos buscaban la salida. Se escuchó todo aquello que suele pasar inadvertido en lo cotidiano. La experiencia de un meditador contemplativo que se sienta en quietud, cierra los ojos, y abre los oídos.

 

—¿Alrededor de qué gira su vida…? —Fue una de las preguntas de los talleristas en la visita al Delia Xapata.
Algunos asistentes compartieron sus espontáneas, superficiales, e improvisadas respuestas. Otra manera de formular la pregunta hubiera sido:
—¿Qué gira alrededor de usted…?

Copérnico indicó que la tierra no es el centro del universo; Darwin, que el hombre es una especie más en la ramificada evolución; Arnold Schoenberg, que los sonidos musicales no deben estar subordinados a una nota tónica; la ciencia moderna, que en nuestra galaxia cien mil millones de soles danzan alrededor de un agujero negro. En el cielo hay cien mil millones de galaxias más.

El ego es una llama que nos habita. Chispa,cerilla de fósforo, antorcha, fogata o incendio en tantas variedades como la exibida por sus portadores. Crea una separación entre unos y otros; entre nosotros y el universo; se apega a lo material y a las experiencias; tiene miedo a la muerte, miedo al fracaso; anda montado en el orgullo, se alimenta de envidia, busca aprobación y reconocimiento por parte de los demás. Una de las causas del ruido es la necesidad del ego por manifestar sus miedos.

 

Quisiera volver a leer en silencio. Pero debo apoyarme en los lectores de pantalla, en las voces robóticas, en audiolibros, en incansables timbres, alarmas, códigos de tonos. Me he convertido en una fuente de ruido para los que me rodean y para mí mismo. Tiendo a subir la voz, estrategia inconsciente para llamar la atención: elevo la voz para demandar que me escuchen, y ante la imposibilidad de pedir la palabra, la tomo.

A mi perro le gustaba echarse al lado de mis pies mientras yo intentaba hacer música en la guitarra, pero él mismo buscaba un escondite cuando yo practicaba la flauta.  

 

He tenido deleite o rechazo por los sonidos y el ruido. unos me seducen, otros me aterran. De la naturaleza o de la urbe; del campo o la ciudad; de campesinos o artesanos; de arte o cultura; de ciencia o de técnica.

Pájaros, grillos, ranas, animales salvajes y domésticos; aves, bestias, peces, reptiles, víboras e insectos.  Las olas,los ríos,las cataratas,los truenos; vientos, borrascas, huracanes. 

Guadañas,tractores,aviones,motos,camiones,sirenas, alarmas,máquinas, taladros,martillos, disparos, explosiones.

El desarrollo del oído comienza en las primeras semanas de gestación. En la tercera semana se forman las primeras estructuras del oído interno, en la sexta semana el oído interno comienza a desarrollarse, en la decimosexta semana el oído interno está casi completamente formado, en el segundo trimestre el oído externo ya empieza a tomar forma y el feto ya puede responder a sonidos fuertes, en la vigésimo cuarta semana, el feto ya muestra una mayor sensibilidad a la voz de la madre, en el tercer trimestre, el oído se perfecciona y el feto puede distinguir diferentes sonidos y ritmos. En la trigésimo segunda semana el sistema auditivo está completamente desarrollado y es funcional.  El feto escucha los latidos del corazón de la madre, los sonidos de su digestión y otros de su cuerpo. La voz de la madre es de los más importantes porque crea un vínculo afectivo, lo que favorece el desarrollo emocional del niño.  Sonidos como la música, las conversaciones y los ruidos ambientales también pueden llegarle, pero de manera atenuada. La exposición a los sonidos durante la gestación favorece el desarrollo del cerebro del bebé y la formación de conexiones neuronales.

 

No sé cómo, desde cuándo, ni por qué. Pero la música, y todo lo que gira en torno a ella seduce mi atención. Aunque exploro otros caminos, después de una y otra vuelta, regreso a ella.

Un instrumento musical es un objeto con dignidad especial. Artefacto, escultura, herramienta, artesanía, presencia. Compré un charango estropeado; la tapa armónica, rota; las cuerdas, incompletas; el clavijero, oxidado; la superficie, cubierta de polvo; el caparazón de armadillo que hacía parte de su caja de resonancia, en buen estado; es posible que para construirlo, se sacrificara al animal. Tal vez no… Ojalá… Pero algo pude hacer, lo mandé restaurar. No lo exhibo ni lo uso. Por fortuna ya no se construye este instrumento con este caparazón.

Las cuerdas tensadas de primitivas armas de caza, se transformaron en violines, cítaras, arpas, laúdes. Prefiero los instrumentos acústicos; mis favoritos, los de cuerda. La interacción con un instrumento musical es un buen pretexto para relacionarse consigo mismo. No importa si se es aprendiz, maestro, aficionado, o músico profesional. Frente a él, cada día es posible sacar una mejor versión de sí.

 

 En las ochentaiocho teclas de un piano, diez dedos de un hábil intérprete pueden reducir una sinfonía, concebida para orquesta de más de cien , a solo uno.

Mientras esperaba el inicio de un concierto, elegantes hombres y mujeres, algunos con pesado instrumento, se sentaron, sonaron, hicieron rutinas, desentumecieron dedos, calentaron vientos, cuerdas, percusiones, leyeron en la partitura del atril el pasaje aquél de exigencia especial. A veces creí identificar a qué obra del programa pertenecía un motivo, una frase, pero era una ilusión; una torre de Babel.

Primer timbre, todo siguió caótico; las conversaciones entre espectadores incrementaron elvolumen; segundo timbre, se completó el aforo, despejaron los pasillos; tercer timbre, luces sobre los espectadores bajaron, luces sobre el escenario subieron, la orquesta resplandeció; cerraron las puertas, rezagados buscaron sus lugares; integrantes del coro, enfundados en togas y armados de carpeta cargada de partituras, entraron en fila india y se ubicaron en las tarimas escalonadas dispuestas detrás de la orquesta para ellos; poco a poco el silencio y la quietud hicieron presencia.

Unos pasos  sonoros precedieron  la aparición de un violinista: el concertino. Saludo del público con aplausos. Una venia de este, media vuelta, silencio. El oboe tocó la nota La, los cuatrocientos cuarenta Hertz que sirven de referencia para afinar la orquesta; el concertino tomó dicha nota del oboe y la transmitió a toda la sección de cuerdas; a partir de esta: violines, violas, chelos y contrabajos, ajustaron sus afinaciones; silencio. El oboe dio la misma nota para que afinaran las maderas: flautas, clarinetes, fagotes; Silencio. Luego, el oboe dio la nota de referencia para que afinara la sección de vientos metales: trompetas, trombones, tubas; silencio. Otros pasos resonaron hacia la escena: el director. Saludo del público con aplausos. Una venia de este, media vuelta, silencio. Batuta en mano, de un brinco, ascendió al podio. Dio la espalda al auditorio, levantó los brazos, hizo una pausa, y capturó la atención de todos.

Pausa de Ruido

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