Un ensayo sobre la resiliencia
Escrito por:
Edgar Adolfo Vargas
Leído por: Gustavo Fernández
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El Ave Fénix es un animal entre águila y pavo real de color púrpura y dorado.
Ave de rapiña, pájaro de fuego, símbolo de destrucción y renovación. Presente en la mitología de las culturas persa, egipcia, judía, griega, romana. Se relaciona con la Inmortalidad debido a su paso a nuevos ciclos. Se representa como ave de rapiña o pájaro de fuego que en el cielo se confunde con el sol. Es capaz de levantar vuelo con cargas que lo superan en peso, y sus lágrimas curan cualquier aflicción o enfermedad.
Hesíodo decía que el ave vive nueve veces más que un cuervo, unos 500 años. Cuando siente que su fin está cerca, hace un nido con canela salvia y mirra, y en él, entra en auto combustión. De la pila de las cenizas nace un nuevo fénix.
Está asociado con el sol porque a partir del fuego emite luz y calor, desaparece al fin de cada día y aparece en cada amanecer. Termina el ciclo de estaciones en invierno y entra al signo de Aries en los equinoccios de primavera. Da ritmo continuo a la vida: muere y renace de ciclo en ciclo.
El Ave Fénix recuerda la existencia del fuego interno que nos habita, es símbolo alquímico del compuesto humano. Algo viejo debe morir para que lo nuevo pueda vivir. Para Carl Jung todos poseemos un fénix que nos permite sobrevivir a las muertes parciales que llamamos sueño. Día tras día, al dormir, se fragmenta nuestra vigilia. Todo fin es un nuevo comienzo.
En una metamorfosis del mundo animal, la larva que habita un huevo sale de este convertida en oruga. Se alimenta y crece lo suficiente. Se envuelve en una cáscara de seda llamada pupa, rompe la capa externa o Crisálida. Extiende sus alas, y sale volando convertida en mariposa. En otro ejemplo, unos huevos gelatinosos y translúcidos producidos por la hembra son fertilizados por el macho. De un huevo de estos sale una larva parecida a un pequeño pez. Es un renacuajo. Al crecer un poco más, sus branquias son absorbidas para dar origen a pulmones. De aletas pasa a tener patas palmeadas, cambian aparato circulatorio y respiratorio, se convierte en un ser anfibio. Pierde la cola, se endurece la piel, desarrolla una gran boca, una voz particular para comunicarse. Es una rana adulta.
Otras especies animales mudan de cuernos, picos, garras, pieles, caparazones.
¿Por qué algunas personas, a pesar de enfrentar circunstancias de vida extremadamente difíciles, logran desarrollarse de manera saludable y exitosa cuando las condiciones de su vida cambian y se complican?.
Un resorte es un elemento elástico que puede volver a su estado natural cuando cesan las fuerzas o tensiones a las cuales haya sido sometido ¿Por qué logra recuperarse?
Porque durante dicha afectación, en su interior acumula una energía que es liberada cuando cesan las fuerzas que lo afectan. Desde luego, existen unos límites, más allá de los cuales no será posible volver a la condición inicial. La resiliencia es esa fuente de energía que le permite a una persona enfrentar dificultades y continuar con su vida.
Del mundo de la física y la ingeniería viene este concepto, más conocido en el campo de la psicología donde se entiende como la capacidad de adaptarse y superar situaciones adversas.
Los primeros indicios del interés por la resiliencia en psicología se remontan a mediados del siglo XX. Sin embargo, fue hasta la década de los años setenta que el término comenzó a utilizarse de manera sistemática, gracias a estudios que buscaban comprenderlo.
Para Boris Cyrulnik Neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo, resiliencia es iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma. Él es uno de los principales divulgadores del concepto. Inspirándose en los trabajos de John Bowlby, Cyrulnik destacó la importancia de los vínculos afectivos en la capacidad de las personas para superar traumas y adversidades.
Este proceso se puede desarrollar en cualquier momento de la vida y depende de varias condiciones.
Kintsugi es un arte japonés desarrollado en el siglo XV. Consiste en reparar una vasija rota, unir sus partes por medio de una resina natural mezclada con oro o plata. Esta técnica no oculta las cicatrices, las exalta de tal manera que el objeto intervenido presenta una belleza distinta a la exhibida en su estado original. Por esto, el kintsugi se ha tomado como metáfora de resiliencia.
¿Cómo indicarle a alguien que decore las cicatrices dejadas por las adversidades en su historia para exhibirlas como adornos de su ser?
Boris Cyrulnik nació en Burdeos el 26 de julio de 1937 en una familia judía. Sus padres de Polonia y Ucrania murieron en el campo de concentración de Auschwitz. Él fue puesto prisionero por la Gestapo a los seis años y medio. Logró escapar. Una enfermera herida lo ayudó. Una familia lo acogió. Asumió su cuidado, lo convenció de identificarse como Jean Labor: “No digas tu verdadero nombre porque morirás”.
El cambio de nombre acompaña el paso a una distinción, condición, vicio o virtud que habla de ese giro hacia significados, proyectos, o nuevos sentidos unidos a la existencia.
Un sujeto decidió cambiar de vida. Dejó el alias que lo identificaba cuando estaba al margen de la ley. Vibra de otra manera desde que reestableció su nombre y corrigió sus pasos. En otro ejemplo, al asumir un sentido vocacional, algunos líderes adoptan un nombre que pueda ser asociado a su misión, exprese su carisma, o reúna el conjunto de virtudes que debería definirle. En un nivel común, tan solo una palabra de distinción por su arte, oficio o formación académica, precede el nombre de pila para indicar que el portador hace parte de un grupo en el que presta un servicio desde donde se relaciona con los demás.
El sentido de la vida es una de las ilustraciones que en la historia contenida en el libro “El hombre en busca de Sentido”, hace Víctor Frankl. Aún en situaciones extremas, un hombre tiene la libertad de elegir su actitud: “nadie es responsable de la cara que tiene, sí de la que pone.” Proyecto de vida y sentido de vida no están alineados siempre. La vocación no coincide, como debería, con la profesión. Un médico ha de estar donde hay pacientes, un docente donde hay estudiantes, un ingeniero donde hay que proponer soluciones, un ser humano donde pueda embarcarse en proyectos que lo dignifiquen.
El sentido de la vida es una de las ilustraciones que en la historia contenida en el libro “El hombre en busca de Sentido”, hace Víctor Frankl. Aún en situaciones extremas, un hombre tiene la libertad de elegir su actitud: “nadie es responsable de la cara que tiene, sí de la que pone.” Proyecto de vida y sentido de vida no están alineados siempre. La vocación no coincide, como debería, con la profesión. Un médico ha de estar donde hay pacientes, un docente donde hay estudiantes, un ingeniero donde hay que proponer soluciones, un ser humano donde pueda embarcarse en proyectos que lo dignifiquen.
Lo ideal es que proyecto, sentido, y oficios de la vida, estén en sintonía. Cuando las cosas no salen como se quiere o planea, existe la posibilidad de volver a sintonizarse con la esencia. Entonces conviene tener algún indicio acerca de esta pregunta: ¿Cuál es mi esencia?
Cyrulnik habla de factores de resiliencia:
Factores personales: temperamento, autoestima, habilidades de afrontamiento, sentido de coherencia.
Factores sociales: apoyo social, redes familiares y comunitarias, modelos a seguir positivos.
Factores biológicos: genética, sistemas neurobiológicos.
Es importante destacar que la resiliencia no es una característica estática, sino un proceso dinámico que se desarrolla a lo largo de la vida. No es una cualidad que algunas personas poseen y otras no. Es un potencial que puede ser cultivado y fortalecido a través de diferentes experiencias y aprendizajes.
El ser humano es un organismo biológico con conciencia de sí. Subjetividades, proyectos, deseos, relaciones, trascendencias. Está dado por variables internas, y variables externas.
En el marco de las inteligencias múltiples propuesta por Howard Gardner, se habla entre otras, de la inteligencia interpersonal y la inteligencia intrapersonal. La primera tiene que ver con la interacción con los otros y la segunda con la relación consigo mismo. Todo esto tomando la inteligencia como el potencial de hacer abstracciones, establecer vínculos, solucionar problemas y crear productos culturales significativos para otros.
Daniel Coleman habla en sentido similar de lo que denomina inteligencia emocional y advierte acerca de ciertas emociones a las que llama destructivas.
Un primer aspecto presentado por Cyrulnik es la segurización. Desarrollar seguridad en los sujetos. Dada cuando se crea un ambiente o relación familiar. Es necesario en todo niño para que adquiera confianza. Se espera que la familia no exponga al niño a un entorno de violencia intrafamiliar, y que la vida en sociedad no mantenga en la precariedad a sus miembros por deficientes condiciones de vida. Situaciones que la humanidad hasta hoy no logra garantizar.
A propósito de la segurización. Es decir, del proceso de construir la percepción de estar a salvo, seguro, protegido, en el Principito de Saint Exupery, el personaje del zorro explica el pre requisito de domesticar, esto es, familiarizar para hacer amigos y tener con quien jugar. De manera similar, lo sugiere para vivir el afecto con una rosa, distinguiéndola entre todas las demás.
¿Qué brinda seguridad a cada uno?
¿Cómo definirla y construirla en determinado momento?
Subraya Cyrulnik que vivimos en un continuo esprint que no lo permite. Una permanente aceleración por alcanzar la máxima velocidad y vencer a los adversarios con quienes estamos compitiendo. Presenta como contraste una característica de la educación en los países del norte de Europa donde los procesos educativos se ralentizan en la escuela, y, sin embargo, los estudiantes obtienen mejores resultados en pruebas internacionales.
Uno de los recursos más escasos es el temporal: “Hay mucho que hacer”, “No puedo “, No tengo tiempo”. Son frases que repetimos aquí y allá cuando se nos pregunta: ¿Por qué no descansas? ¿Cuándo nos vemos? ¿Vienes al coro? ¿haces ejercicio? Todos estamos comprometidos con el lema olímpico: “Más fuerte, más alto, más rápido”. Dedicarnos a contemplar o ralentizar las experiencias es improductivo, aunque nos haga felices.
La proposición: “El tiempo es oro”, no permite fijarme en una cosa. Al hacerlo, me asalta la idea de perder las otras opciones. Hay que ser multitarea. Es difícil mantener una sola conversación, una sola audición, una sola lectura, una sola acción. “Activa la campanita para que no te pierdas de nada”. No respeto mi tiempo ni el de los demás. Llego tarde. No llego. Por esta y otras razones, proponen el ejercicio de ralentizar, de detenerse, de fijar la atención. Ser conscientes de lo que se vive.
Otro elemento planteado por Cyrulnick es la comunicación. Es necesario que las personas no se aíslen, que comenten cuando puedan y quieran con alguien de confianza que preste su oído: amigo, familiar, conyugue, terapeuta, guía espiritual. Estas últimas personas deben tener la disposición de escuchar. Porque detrás de aparentes: “No llores, no digas eso, no pienses así, ten paciencia, etc.”, en realidad, el mensaje es: “Cállate, no inventes, no te creo, no soporto lo que dices”. Cuando a un niño no le hablan, este no cultiva comunicación asertiva, seguridad ni confianza. Su cerebro no se desarrolla bien, lo acompaña el miedo, todo lo considera una amenaza que lo puede llevar a conductas violentas.
Pero la comunicación también implica unas condiciones especiales. Porque quien cuenta lo hará cuando pueda hacerlo y si su narración es demasiado cruda, triste, absurda o cruel, tal vez no encuentre oídos dispuestos a escuchar, solidarizarse y creerle. Una serie de entradas de diario sugeridas a manera de terapia postraumática pueden convertirse en un insoportable paño de lágrimas, o en una crónica amarilla de donde el protagonista víctima no saldrá con facilidad.
La escritura exige ordenar los pensamientos para exponerlos en un discurso. Antes de comunicar a otro, es dialogar consigo mismo, expresarse y escucharse. Hacer un alto, mirarse y reconocerse. No es fácil, exige, pero está al alcance de todo aquel que aprendió a leer y a escribir.
Es aquí donde cobra un valor particular la función del arte, capaz de contar de una manera estética lo que resulta doloroso, e insoportable y comprensible para otros, de manera que quienes accedan a estas formas experimenten catarsis.
La mayoría no somos cineastas, novelistas, teatreros, escultores, pintores o músicos. Tenemos la opción de apoyarnos en el arte desde una butaca de espectador. Escuchamos lo que no nos dicen y decimos lo que no somos capaces de contar.
La mayoría no somos cineastas, novelistas, teatreros, escultores, pintores o músicos. Tenemos la opción de apoyarnos en el arte desde una butaca de espectador. Escuchamos lo que no nos dicen y decimos lo que no somos capaces de contar.
Dice el diccionario que para los griegos la catarsis es:
“purificación de las pasiones del ánimo mediante las emociones que provoca la contemplación de una situación trágica.”
Así que literatura, cine, música, bellas artes ofrecen la experiencia de decir lo que siento, o identificarme con el personaje de una historia.
Otra definición dice que catarsis es:
“Liberación o eliminación de los recuerdos que alteran la mente o el equilibrio nervioso.”
Esto último permite considerar que, si es cierto que el pasado es imposible de cambiar, es posible redefinir la relación que cada uno tiene con su memoria.
“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional.” Una frase atribuida a Siddhartha Gautama en la que contrasta lo inevitable con lo opcional. Lo que no es posible controlar versus lo que es posible decidir. La actitud. Aquella situación que ayer hizo llorar, pasado un tiempo, hoy hace reír. La relación con los recuerdos cambia.
En la ecuación de la resiliencia existen dos clases de variables. Unas personales y otras sociales. Cada uno tiene el potencial de definir de manera única las primeras.
Algunos críticos de la resiliencia la miran de forma negativa porque piensan que exige al sujeto en solitario y muy poco o nada al factor social. Les resulta la resiliencia muy cercana a una actitud resignada, conformista, y paciente. Una esperanza fallida ante un entorno indiferente, paquidermo y poco efectivo. Inclusión, diseño universal, diversidad funcional, accesibilidad, van rezagados. La tecnología ayuda en muchos frentes y excluye en otros.
Pero el concepto de resiliencia también es aplicable a grupos: familias, comunidades, sociedades naciones e incluso la humanidad misma.
¿Será posible una resiliencia de las masas?
El desarrollo de la historia incluye diluvios, terremotos, maremotos, tsunamis, avalanchas, erupciones, odios, venganzas, traiciones, guerras, persecuciones, invasiones, accidentes, errores, explosiones, imprudencias, epidemias, pandemias , crisis, traumas padecidos por distintos pueblos, pero también recuperaciones sorprendentes.
Sadako Sasaki vivió en Hiroshima. Un día, cuando tenía dos años, cayó una bomba Atómica sobre la ciudad. Ella se encontraba a un kilómetro setecientos metros de la explosión. Salió disparada por una ventana. Madre e hija mientras huían, quedaron expuestas a la lluvia negra. Diez años más tarde, como consecuencia de la radiación y de dicha lluvia, desarrolló una Leucemia maligna aguda de las glándulas linfáticas. Mientras estaba hospitalizada, empezó a plegar mil grullas para hacer una guirnalda y pedir un deseo. No alcanzó a completarlas. Murió antes. Amigos y compañeros de clase completaron las mil gruyas por ella. En 1958 se erigió un monumento en el parque de la Paz dedicado a Sadako, y a todos los niños que murieron afectados por la bomba atómica. En el monumento, una gran grulla de bronce funciona como badajo de campana. Las gruyas de papel de origami son un símbolo de la paz.
Todos somos en mayor o menor grado resilientes por naturaleza. En cada uno duerme la chispa que enciende el fuego del ave fénix. No hay una fórmula única que garantice su activación y resultado. Solo hay testimonios, cicatrices que exaltan con belleza el haber superado la muerte en cada crisis.
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