OBJETOS EN DESUSO
Escrito por:
Edgar Adolfo Vargas
Sonógrafo aficionado
Estábamos en los tiempos del disco compacto. El nuevo formato se ofrecía limpio de ruidos como los causados por las agujas que rozan los surcos en los acetatos. Se hallaba exento de mugre y ralladuras que sonaban en los vinilos como frituras de maíz. Nos libramos del fondo constante de los casetes en ocasiones más fuerte que la música registrada en ellos.
Estas suciedades para el oído no aparecían en los nuevos discos.
Al destapar el primero que compré vi el sello de la casa disquera, el nombre del artista y las obras que contenía. La música venía grabada al respaldo, en la otra cara. El agujero central era grande para insertarlo en el árbol del tocadiscos. El tamaño del disco compacto era similar al círculo central que traen los acetatos. Me sorprendió su reducido tamaño, una ventaja a la hora de almacenar y trasportar. Necesité otro reproductor distinto a las tornamesas tradicionales. Ya no había que preocuparse por las agujas que acumulan motas y se desgastan con el uso. En el nuevo lector una bandeja salía del aparato tras oprimir un botón, dejaba ver el espacio donde el nuevo disco encajaba perfectamente, lo guardaba y no se veía más. La reproducción podía ser seguida leyendo los números que revela una pequeña pantalla con letreros led. Puse el disco recién comprado allí en la bandeja como la lógica tradicional me lo indicó, es decir, el sello tendría que ir hacia abajo para que la cara grabada con la música quedara hacia arriba. Pero no sonó, No sonó, e había faltado la instrucción de colocarlo al revés.
La nueva tecnología lograba una asepsia difícil de obtener en la realidad. En un concierto de los que asistía regularmente, no faltaban susurros, comentarios en voz baja, toses contagiosas, roses en las telas de los vestidos, chirrear de zapatos, quebrar de bolsas y paquetes, despejes de garganta.
No dejaba de pasar un avión, ni de pitar un camión, ni de cantar el pregonero que ofrecía ventas y servicios. Además, interrumpían tonos y alarmas de cuanto dispositivo electrónico existía.
Dicen que Gustav Malher, director de la ópera imperial en la Viena de fin de siglo XIX, con actitud displicente de espera, una mano en la cintura y mirada disimulada hacia el público, lograba obtener un silencio absoluto antes de iniciar la interpretación de cada obra musical. Nadie quería indisponer a este hombre cuyo inmediato superior era el emperador Francisco José.
Como un seguidor a la fotografía, me convertí en sonógrafo aficionado. Me acompañaba una grabadora de bolsillo, Funcionaba insertándole un casete. No sé por qué la llamaban de esta manera si no cabía en ninguno de los míos. Otra funcionaba con mini casete, luego aparecieron las que tenían memoria interna, más livianas, cabían en cualquier bolsillo. Grabadoras de periodista. Siempre buscando la calidad y practicidad a la hora de capturar sonidos fuera en espacios abiertos o cerrados.
En conciertos, en talleres de música, en ensayos o en mis sesiones de estudio personal. Qué buen recurso este de poder grabarlo que se interpreta y luego sentarse a escucharlo.
Una grabadora multipista es un artefacto que permite grabar y reproducir por separado farios instrumentos o voces de manera que es posible controlar el nivel, ecualización y efectos de cada uno independientemente hasta obtener una buena mezcla.
Frente al almacén de audio, me decidí adquirir una grabadora digital que funcionaba con un mini disco de ciento veintiocho megabytes. Grababa en ocho canales veinte minutos. Tiempo suficiente para los proyectos que tenía en mente.
Como amante a cualquier afición, empecé a alimentar mi grabadora con cables, micrófonos, audífonos, monitores y demás accesorios periféricos, por un lado, y por el otro, melodías, acordes, instrumentos y demás objetos musicales a registrar.
Los rápidos avances tecnológicos que reemplazaron estos artefactos por software en el computador, y la falta de visión necesaria en mis ojos para manejar esta grabadora, dotada de numerosos botones, algunos de ellos con dos o más funciones, siguiendo una pequeña pantalla con luz led, la convirtieron pronto en un aparato obsoleto.
Me vi sentado en el improvisado estudio cumpliendo dos funciones, la de músico y la de ingeniero de sonido. Muchos tiempos muertos mientras definí un protocolo. Me sentaba a tocar la guitarra en medio de un enredo de cables, repasaba el pasaje de dificultad, la guardaba en el estuche de nuevo para acercar el micrófono, me sentaba y paraba una y otra vez, me ponía y quitaba los audífonos por igual, cerraba puertas y ventanas, graduaba la ganancia del micrófono, verificaba que se estuviera grabando a un nivel apropiado, colocaba la partitura en el atril, tocaba varias veces la pieza hasta estar consciente de la interpretación deseada, afinaba por enésima vez el instrumento, y cuando ya estaba todo listo, empezaba a grabar. Entonces, solo entonces, timbraba el teléfono, llamaban a la puerta o el vecino accionaba su taladro.
Sonógrafo aficionado
Busqué entre los recuerdos del cuarto de San Alejo y encontré una grabadora. Fue difícil fijar de nuevo mi atención sobre ella por ser una de las cosas inútiles que no he tenido el valor de vender, regalar o botar. Costosa en su momento, ahora está depreciada, no funciona. En una práctica la dañé. Le di un uso incorrecto al no distinguir bien sus controles. Ya habíamos hecho un ejercicio similar, en aquella ocasión el resultado lo titulé “Cajas de música”. Mi objeto en desuso esta vez fue la: Grabadora multipista Yamaha MD8.
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