Escrito por:
Edgar Adolfo Vargas
Leído por: Enith Ahumada
I.
Retratos.
Niño de un año. Viste saco de lana rojo, cuadrícula vistosa al frente;
pantalón corto, zapatos de suelas sin estrenar. Está sentado sobre
superficie blanca y plana, tal vez una mesa. Atrás, una cortina azul
sólido exhibe lo cóncavo y convexo de ondas en un plano sinusoidal.
Parece hallarse en un estudio fotográfico. Espalda erguida, ojos
expectantes, atentos a todo menos al fotógrafo; sus piernas rodean
una pelota de letras retenida por la mano izquierda, mientras la
derecha reposa sobre uno de sus muslos. Dicen que soy yo. No
recuerdo ni me reconozco, pero lo acepto con agrado.
Retrato con mi hermana, sentados en un escalón del andén; atrás,
calle pendiente de barrio en la loma. Ella encantada con el ejercicio
fotográfico, yo aburrido por tener que hacer un alto en medio del juego.
Foto de colegio después de hacer una larga fila. Cuidado en la
apariencia, el vestido, el peinado, los modales; luzco gafas y lápiz en
mano, simulo actividad académica.
Instantes congelados en álbumes familiares. Cumpleaños, grados,
ceremonias, fiestas, paseos, navidades.
Equipos de estudio y trabajo. Fotografía con quien pedaleamos en un
lago, dimos vueltas y llegamos a ninguna parte.
Fotos con gafas, sin gafas, miradas tímidas, enfoques desafiantes a la
cámara, gafas de sol, gafas de ciego.
Instantánea con quién reprobé el curso prematrimonial.
Momentos detenidos. Imberbe, con barba, sin pelo. Fotos invisibles,
refundidas, y desvanecidas en la memoria. Testimonio de vidas
pasadas, cuerpos ajenos y mundos perdidos. Retratos de quien fui y
no soy .
II.
Las llaves.
Abrí la puerta de la casa al llegar. Aseguré con doble vuelta las dos
cerraduras; subí la escalera; vestí de pijama y dormí.
No encontré las llaves. Sabía que estaban en la casa. ¿dónde?
Recorrí los últimos pasos del día anterior; los bolsillos de la ropa que
vestía; el morral, la mesa de noche, el centro de cómputo, la alcoba, la
cocina, el baño, el patio; busqué por todos los rincones sin hallarlas.
Mientras organizaba mi espacio tomé la cachucha del ropero; fui a
guardarla en un cajón del armario, y en el lugar menos esperado,
encima de los calzoncillos, estaban ellas riéndose de mí.
III.
Se me olvidó tu nombre.
Mamá Nene dejó de llamarme Adolfo. Desde entonces lo hizo con el
nombre de alguno de sus tres hijos: Guillermo, Germán, o Francisco.
Hermanos de mi madre Gladys. Se llamaba Irene, pero sus catorce
nietos la llamábamos Mamá Nene, por la dificultad que presentó la
letra erre cuando aprendimos a hablar.
Subí la persiana para que observara mejor. sentada en un extremo
del ventanal de la sala, permaneció atenta a cada peatón que circuló
por la acera del frente.
Mientras la acompañaba, mantuvo el interés en lo que sucedía afuera;
como quien sigue una película de suspenso. Solo retiró la vista de allí
para decirme algo, o sumirse en un micro sueño.
Aunque sentado a su lado, me sabía ausente de su presente.
—Germán…
—Señora…
¿Qué hora es?
—Las cinco de la tarde. ¿Por qué?
—No pasa ningún conocido.
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