A mi Ingeniera

Escrito por:

Wilmar Aristizábal

Leído por Gustavo Fernández

Dosquebradas, Risaralda – Colombia, Octubre 21 de 2025.

Querida Ingeniera

Hoy me has dado la felicidad mas grande a la que un padre puede aspirar.

Cuando los altavoces gritaron tu nombre, precedido de “Ingeniera Industrial”,

apenas pude contener las lágrimas, lo mismo sucedió con tu madre y tu abuela

que aplaudían a rabiar entre el público asistente a las ceremonias de grado de la

Universidad Tecnológica de Pereira, en las instalaciones de Expofuturo de esta

ciudad.

Todavía creo que fue ayer cuando viniste a alegrarnos la vida a tu madre y a mí.

Tú eras frágil, más incorpórea que el propio tiempo y más callada. Sin darte

cuenta, sin haber tenido tiempo para el miedo. Cuando paseabas por los prados

jugando con tu mascota, el aire tomaba tu forma. Había en tus delicadas facciones

trazos como pájaros, como pestañas, como ojos, como dibujos que la crueldad de

la vida te ha tatuado. Conservas la cicatriz en la rodilla de cuando al deslizarte por

el tobogán del parque frente a nuestra casa, caíste de rodillas en un vidrio;

también llevas en la frente la marca del hematoma que te causó un compañerito

de jardín al empujarte mientras jugaban, el que mamá desvaneció frotándote con

una moneda empastada en ungüento mientras lloraba contigo.

Nunca te lamentaste de que tu peso fuera leve, igual que la pluma cuando se

desliza por la página en blanco, confiada no obstante en el gesto de la mano que

escribe para aligerar el corazón, es evidente que la creación del mundo carece de

sentido, a pesar de tu aparente fragilidad, no claudicas en el logro de tus metas,

protegiste y guiaste a tu hermana menor; ya no pareces la niña que solo comía

“Naine y Chalada”. y que hoy da órdenes a diestra y siniestra a los grupos de

trabajo de tu empresa , mientras desayunas o cenas antes de ir al trabajo o al

retirarte de él.

Hoy, cuando recibes tu diploma de “Ingeniera Industrial”, nos muestras a todos

que eres el árbol a cuya sombra podemos confiar nuestro anciano reposo.

Le he dado gracias a Dios entre sollozos. Tengo muchas razones para hacerlo,

pero te hablaré de la más importante: A mediados de diciembre de 2013 la

tragedia llegó a mi vida y lamentablemente afectó también la tuya, la de tu madre y

tu hermana. Yo trabajaba como jefe de producción de una empresa productora de

aceite de soya. Al terminar mi jornada laboral, hacia las 7 PM, me vestí el

impermeable y tomé mi motocicleta para regresar a casa en la ciudad de Pereira,

en la vía entre Cartago y Cerritos dos individuos en motocicleta me siguieron, yo

asumí que pretendían robarme, aceleré cuanto pude, pero me dieron alcance y me

dispararon en dos ocasiones, el primer impacto ingresó por mi espalda y salió

justo arriba del corazón, el segundo impacto destrozó mi casco, entró por el lado

de mi ojo izquierdo destrozándolo y saliendo por el lado derecho del rostro,

dañando el nervio óptico diestro. Perdí de manera instantánea la vista y quedé

tirado agonizando en la carretera en medio de la oscuridad y la lluvia. Experimenté

el paso por el túnel, a los que muchos llaman la transición entre éste y otro plano.

Cuando traté de dar el paso para entrar a otra dimensión, me acordé de ti y de tu

hermana, que entonces tenían quince y once años. supliqué a Dios, con todo el

fervor que había en mí, que me permitiera disfrutar un poco más de su compañía.

Algo sucedió y regresé a mi cuerpo tirado en medio de la noche, entonces se

acercaron vehículos, pidieron auxilio y tuve otra oportunidad de vida; con muchas

privaciones, la luz de mis ojos, carencias económicas y de salud. Todo lo ha

compensado con creces tu amor y el de tu madre y hermana.

En ese momento aciago, le reclamé airado a Dios, me atreví a preguntarle ¿Por

qué yo?. Al sentir la grandeza del amor de tu madre, la decisión con que afrontó

nuestra nueva situación, los ajustes que realizó para poder sobrevivir en una

economía de guerra como la del pensionado, la dedicación tuya y de tu hermana a

los quehaceres académicos, trabajando y estudiando para pagarse la universidad,

levantándose muy de madrugada y acostándose a la media noche para poder

llegar a esa meta que hoy das por culminada. Cuando sentí la mano de tu madre

tomando la mía para guiarme por el camino, cuando me dijo que sus ojos serían

también los míos, cuando recibí de ustedes tanto amor, entendí que solo podía ver

esa fuente inagotable de cariño con los demás sentidos. La vista no me había

permitido distinguir cada una de sus características. Tu caminar ligeroy tu

habilidad con las matemáticas y la tecnología; la fuerza de la pisada de tu

hermana y su adaptación a los cambios y nuevos retos;el paso decidido de tu

madre y su renuncia a ambiciones personales  para dedicar su tiempo y su vida a

mis cuidados y los del hogar.

Por eso, hoy que recibes tu diploma profesional y tu hermana también está

próxima a hacerlo, tengo sentimientos encontrados. De un lado soy el padre más

feliz del mundo al poder hacer míos tus logros y los de ella; del otro lado, toda esta

felicidad implica que los plazos que Dios me concedió para acompañarlas en su

camino se están agotando. Por eso mi querida ingeniera, campeona, te felicito, te

admiro, te aplaudo, te respaldo, te acompaño, te escucho, pero sobre todo te llevo

en mis oraciones, porque solo el que ha elegido tu camino sabe cuánto sufres y

cuanto luchas.

 

confío que haya un mañana, pero si esta es la última vez que estamos juntos,

quisiera decirte lo que te quiero y cuánto me importas, y lo que me duele no haber

tomado el tiempo para pasearte en tu triciclo, llevarte dormida a tu cama, velar tus

sueños y agradecer a Dios por ponerte en mi camino.

 

Atentamente,

Papá.

A mi Ingeniera

Dosquebradas, Risaralda – Colombia, Octubre 21 de 2025

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