Guadua y café

Escrito por:

Wilmar Aristizábal

Leído por Gustavo Fernández

 Guadua y café, los amigos que siempre lo cuidaron, cuyas ramas trenzadas al vaivén del viento,

festejan la llegada del chico que, bajo dos cafetos

sostenidos por las inclinadas copas de los tallos de acero paisa,

 ofrecen un colchón de hojas secas,  

donde de costumbre, él duerme bajo la sinfonía del cantar de los pájaros, la caída del agua del arroyo,las curvilíneas raíces, el sonido del roce de los tallos.

 Protegido del sol, Eolo y la lluvia, 

por encima, por las ramas entreveradas de guadua y café,

y por debajo, por el lecho de hojas secas que se desprendieron,

el niño sueña con aventuras donde es un príncipe que vence a la bruja,  

y libera a la princesa del encantamiento que la mantenía cautiva.

 Transcurrieron los días de infancia entre la escuela, los amigos, las tareas y sus aventuras en la otatera.

Su padre murió cuando salía de sus sueños infantiles

y su corazón se abría al amor.

  La finca que lo había visto crecer junto a sus hermanos se repartió entre todos ellos,

él escogió la pequeña parcela con el guadual*, algunos cafetos y la fuente.

 Los anhelos cambiaron a la esperanza de una vida en pareja con su novia de siempre:

La niña de las trenzas largas, cara delgada y ojos marrón.

 La conoció el primer día de clases del grado tercero,

cuando él no quería saber más de cuadernos

sino dedicarse a las labores del campo.

Su padre lo conminó a estudiar so pena de no jugar en él,

y desde aquel día fue el primero en llegar a la escuela 

para ver a la niña de las trenzas y disfrutar su olor a pino.

 El pequeño predio no fue suficiente para el sostenimiento de una familia,

la casa paterna la heredó uno de sus hermanos y los viejos cafetos producían poco.

Como muchas otras tardes de su vida, se acostó debajo de los árboles de café

entre ramas que jugueteaban con las arqueadas copas de los otates. 

Sería quizá la última vez que podía dar rienda suelta a sus fantasías en ese lugar,

 tendría que vender su predio y buscar una casa idónea.

Iniciar una nueva vida.

 Entre sueños, su padre, guadua y café, le recomendaron construir allí la casa.

De la misma forma que el viejo, familiares y amigos acudieron al convite de la Elda.  

Las mujeres corrieron de un lado a otro preparando el almuerzo para todos, en el indio de la abuela,

apoyado sobre piedras y rodeado de llamas producidas por la combustión de la leña seca;

las manos femeninas agregaron al agua hirviendo, las yucas peladas y sin la vena central,

las papas partidas en tres partes, los plátanos hartones verdes, picados en trozos grandes y las presas del gallo colorado y la gallina saraviada;

Los hombres hicieron el banqueo para que los rieles de la Elda permitieran el desplazamiento de los carros con fondo de esterilla y rodachinas metálicas que corrían sobre las guías instaladas sobre las sepas: Impermeabilizadas con brea caliente, clavadas en la tierra por el padre y sus amigos.

Los niños, entre juegos, repartieron agua de panela con limón a todos. Esquivando a la Kika, que paseaba sus diminutos pollos bajo el impetuoso sol.

Así supo él como construir, en aquel lugar, una casa con los tallos más robustos.

Vio la imagen de su nueva morada, rodeada de jardines, con un amplio corredor con vista al guadual** y techos de teja de barro, sostenidos por vigas fuertes, con las típicas betas marrones de la variedad cebolla.

Despertó aliviado del dolor de la muerte de su padre, ilusionado con la construcción de su casa.

Como le había enseñado el viejo, las cortó en el cuarto menguante,

dejándolas curar verticales y sostenidas por los tallos verdes durante un mes,

 luego las retiró trozándolas al largo adecuado para la construcción,

las inmunizó por exposición al humo de leña a fin de lograr larga vida.

   La construcción avanzó según lo proyectado, pero una noche, la naturaleza se ensañó con el joven 

y una fuerte tormenta amenazó derribar la casa, aún sin techo, que con su peso diera robustez y resistencia a la edificación. 

La tormenta con relámpagos y truenos acompañó la intensidad del huracán.

El guadual y los cafetos, con sus ramas entrelazadas hicieron su mayor esfuerzo para protegerla.

 Tras la lucha, cesó la tormenta: ranas y búhos acallaron su croar y ulular.

Los gallos terminaron sus llamados al nuevo día.

En la casa paterna, el Barbas, limpió sus bigotes de su cacería,

el Capitán logró alcanzar un trozo de heces de calostro,

mientras la vaca resoplaba amenazándolo, interponiéndose entre él y su crío,

al tiempo que el sol se asomó sobre la montaña y el joven vio con los ojos anegados

 que el guadual, sin sus tallos más gruesos, no resistió.

 Sus ramas unidas a las de los cafetos yacían tendidas sobre el colchón de hojas muertas y empapadas,

debatiéndose en una larga agonía, mientras los pájaros, trataban de recuperar sus nidos con pichones,

y las ardillas cargaban a sus críos, en busca de un nuevo hogar, levantando el hocico con frecuencia, dejando, por un instante,  a sus pequeños en el piso, para permitir a su olfato  elegir el camino de la esperanza, sin malgastar sus energías en inútiles quejas.

 Recordó, las veces que su viejo construyó de nuevo la Elda tras las embestidas de los vientos.

Cortó los rasgados y tiernos troncos y sembró los de pared más joven y delgada,

enterrándolos como lo había aprendido, con los botones de germinación a los costados y con los cañutos extremos llenos de agua.

Retiró malezas y restos del juncal que limitaban el afloramiento de los nuevos individuos,

que protegidos por capacho y pelusa emergían y repoblaban.

El aire fresco, con el aroma de la tierra arrastrada por el arroyo tras la lluvia, la fragancia de pino de la niña de las trenzas y el cardamomo que su padre agregaba al café matutino, llegó a sus pulmones como inagotable fuente de energía.

En la mañana, con ilusión, retiró los granos maduros que continuaban prendidos de los cafetos,

separó las coloridas cortezas,

los avinagró con mucílago, en un vaso de guadua que improvisó de un tallo caído.

 Lavó y secó al viento las semillas.

 

Con las cepas construyó un germinador con arena y tierra del arroyo,

los granos se convirtieron en fósforos que alzaban vigorosos las almendras,

se transformaron en chapolas que fueron trasplantadas a bolsas de almacigo

llenas de tierra, obtenida bajo la gruesa capa de hojas secas del antiguo guadual.

Los pequeños chusquines y los diminutos árboles de café crecieron vigorosos

bajo la sombra de los retoños de otate.

 

Así, en menos de dos años se construyó, con paredes de bahareque, levantadas sobre el terraplén,

retirando la capa vegetal para llenar las bolsas del plantario

y la tierra amarilla con que rellenó el esqueleto: verticales y diagonales,

con latas horizontales de los tallos más gruesos, fijadas con puntillas a las columnas,

con su cara cóncava para mejorar la adherencia al revoque de cagajón con tierra,

y un acabado liso sobre el cual se aplicó la cal,

tan blanco que contrastó con el colorido de las flores del jardín

y el verde intenso de los cafetos y el verde claro del guadual.

 En su interior la pared, levantada sobre orillos de roble sostenidos por mojones de piedra, contenía la tierra remojada y apisonada, una masa moldeable, que robusteció la tapia separándola de la humedad del piso;

el techo de tejas de barro, impermeabilizadas por exposición al agua lluvia

 desarrolló musgo en sus caras,

sostenidas por largas guaduas de cuyos extremos pendían canastas

de helechos, cuernos, begonias, claveles y anturios,

que, con los primeros rayos del sol, alojaban complacidos, multicolores mariposas y veloces colibríes, mientras la chimenea de barro vertía el humo de leña

 mezclado con el aroma de agua de panela y café,

 Y en los corredores jugueteaban,ladrando y maullando, el Capitán y el Barbas,

tratando de sorprender a las desprevenidas tórtolas

buscando alimento, agitando con sus patas el café,

 esparcido en el piso de esterilla de la Elda rodeada de cafetos.

Los troncos de los aromáticos, brindaron protección al descanso y sueños del joven, 

ahora, convertidos por sus manos

en dos robustas mecedoras, con ayuda de fuertes cepas del viejo guadual, vigilan el amplio corredor en las tardes, cuando la brisa y el viento agitan los tallos largos, enmarcados en un arcoíris que inicia en el arroyo y termina en el río al pie del cerro.

Guadua y café

Taller Literario – 2024

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