El pequeño
Lazo

Escrito por:

Wilmar Aristizábal

Leído por Gustavo Fernández

Ya se murió mi vieja, después de nueve decadas.

Su espíritu aventurero se liberó de su cuerpo carcelero,el alzaitmer le permitió olvidar por momentos la diabetes, hipertensión, osteoporosis y esfínteres de su maltrecho cuerpo y volar tras su pescador y su lucero.

 

En las últimas semanas se conectó con la madre, a quién perdió a los ocho.

Un estribillo de la canción “Pescador, lucero y río” les brindó un espacio común . Sus

últimos instantes fueron bajo la ducha tarareando:

“Cuentan que hubo un pescador barquero que pescaba de noche en el río,

Una vez con su red pescó un lucero y feliz lo llevo a su bohío….”.

 

Tú, mi pequeña, sigues siéndolo a pesar de tu cuarto de siglo.

Cuando llegaste anoche, , yo te esperaba tras mi ventana.

Igual que lo hacías cuando sentada en tu carrito plástico me aguardabas para darme un pequeño lazo para que tirara de él por toda la casa.

 

Mi cansancio tras el trabajo era grande, pero no tanto como tu ilusión,

Halaba el carro algunos pasos, hasta observar que dormías,

Entonces me detenía para llevarte a tu cama,y ya tenías de nuevo el lazo en tu mano y los ojos bien abiertos,creo que era mamá quién nos llevaba a la cama.

 

A la mañana siguiente, mientras aún dormías, Me despedía de ti con un beso para ir

al trabajo, tu, enrollada en las sábanas sostenías con tu pequeño puño el lazo.

 

Un día, sin proponérselo,la vida nos coloca frente a la vejez.

De pronto nos encontramos en un cruce múltiple de caminos,

Por uno van nuestros nietos, por el otro nuestros hijos,

Uno más es el de nuestros amigos y otro el de nuestros padres,otro, el menos claro,

es el propio,

De todos ellos tenemos algo que aprender, escuchar o decir.

Pero todos vamos a velocidades distintas y la interacción se dificulta,

Siempre hay un mañana, pero si me equivoco y esta es la última vez que te veo

quisiera decirte lo que te quiero y cuanto me importas.

Y lo que me duele no haber tenido el tiempo suficiente para pasearte en tu carrito

hasta que te quedaras dormida, luego llevarte a tu cama y velar tu sueños dándole

gracias a Dios por permitirme compartir mi vida contigo.

Ahora soy un extraño en mi propia casa, otros toman las decisiones por mí.

El medico decide que debo comer y a que hora me deben inyectar.

Mi cuidadora a qué horas tomo una ducha y cuándo un poco de sol, alimentos que se permiten o se confiscan.

Probaré en carne propia lo que se siente el que no haya tiempo para tí.

Debo ser paciente cuando con tu mano me indicas que se te hizo tarde, tal vez

mañana.

Te esperaré en mi ventana esta noche, con la esperanza de que la luz de un

relámpago te permita ver mi figura, tras las rejas, ofreciéndote el cabo de un pequeño lazo atado por el otro extremo a mi silla de ruedas.

 

Y si no es mucho pedirle a la vida a cambio de lo poco que le he dado, que podamos,mientras empujas mi silla por toda la casa, cantar juntos ese estribillo de una canción que aprendimos una de las pocas veces que tuvimos oportunidad de jugar: “De prisa como el viento van pasando los días y las horas de la infancia, un ángel nos depara sus cuidados mientras sus manos tejen las distancias.

EL PEQUEÑO LAZO

Taller Literario – 2024

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